MEMORIAS DE
DON JESUS GONZALEZ TREVIÑO

Don Lorenzo, Don Jesús
y Don Mariano
González Treviño
PRIMERA EPOCA
"DE DEPENDIENTE"
El dia 15 de Febrero de 1852 entré de Dependiente (meritorio) a la casa de los
Sres. Clausen y Cía. que hacía pocos días se habían establecido en Monterrey:
Dichos Sres., comisionistas; tenian un Almacén y vendían solamente por mayor-
Para colocarme en esa casa, se valió mi padre de la amistad que tenía con un
Sr. Don Antonio Galván, que habia sido Admor. de la Aduana fronteriza de
Camargo (Tamaulipas) en donde tuvo estrecha amistad y negocios con los alemanes
Don Juan M. Clausen y Don Benjamin Burchard, que formaban la Sociedad Comercial
donde fui colocado.- A propósito de Don Antonio Galván diré que era el hermano
mayor y jefe de una familia procedente de Tampico (Tamps.) quien por el año de
1851 se vino a establecer en Monterey, ocupando una casa contigua a la de ntra.
familia: por tal circunstancia trabaron amistad los de
mi casa y los Galván, que eran gentes de educación y de buena conducta: Don
Antonio había ganado dinero en la Aduana de Camargo y mas tarde fue procesado
por malos manejos en aquella oficina, aunque al fin nada se le probó, lo cierto
es, que con mi padre fue excelente amigo, y a él debí mi primera colocación en
el Comercio.
Al año
siguiente en 1853 le prestó a mi padre quinientos o seis cientos pesos, con que
hizo su viaje a León en el Estado de Guanajuato a fines del mismo año, con el
objeto de consultar con un famoso Médico -oculista, Sr Carron Duvillars de
nacionalidad francesa, sobre su enfermedad de ojos que tenia: Dicho médico
despues de examinarlo declaró, que la enfermedad de la vista era incurable, lo
que se llama "Gota -cinerra" o amorosis - por lo cual regresó mi
pobre padre con la mayor pesadumbre, porque siendo un hombre vigoroso en la
plenitud de la vida (50 años) quedaba condenado a no ver la luz en el resto de
su vida... Cuando yo supe en Matamoros el regreso de mi buen padre a Monterey,
la noticia de que no recobraria la vista, me causó tanta tristeza que por
muchos días lloraba en silencio aquella terrible desgracia, que afectaba tanto
a mi madre como a nuestra numerosa familia.
El padre de Don Jesús González Treviño, Don
Francisco González Prieto, nació en Monterrey el 3 de Diciembre de 1803, y su
esposa Doña Pilar Treviño Garza, el 30 de Diciembre de 1818. Su matrimonio se
efectuó en 1832 y tuvieron 15 hijos: siete varones y ocho niñas. Don Jesús, fue
el tercer hijo y nació en el año de 1838. El primer hijo Don Manuel, murió en
México el 22 de Enero de 1854 a la edad de 19 años, despues de cuatro años de
brillantes estudios en el Colegio de Mineria de la Capital de la República. La
segunda hija, Doña Guadalupe, se casó el 21 de Abril del año siguiente (1855)
con Don Eduardo Zambrano Martinez., teniendo este matrimonio diez y seis hijos.
La madre de Don Jesús, Doña Pilar Treviño
Garza, dejó de existir el 27 de Septiembre de 1855, a los 37 años de edad, Don
Francisco, le sobrevivió 26 años y no obstante su ceguera conservó su energía y
actividad por muchos años, al grado de que a los 70 años de edad, emprendía
viajes a caballo hasta Parras, para visitar a sus hijos y ayudarles en sus
empresas. Murió a los 77 años, el 27 de Junio de 1881.
Don Jesús, inicia su relato cuando tenía 14
años de edad...
Corriendo el tiempo Don Antonio Galván fué pagado de lo que prestó a mi padre,
por mí y por mi hermano Lorenzo, y aún pudimos devolverle sus favores en el
tiempo que él estaba arruinado, y nosotros habiamos mejorado de fortuna. A los
hermanos de Don Antonio, Don Lorenzo y Don Guadalupe, que se radicaron en
Chihuahua pude ayudarlos prestandoles buenos servicios pecunarios (desde 1868-
al 1875) recordando siempre con gratitud lo que Don Antonio hizo por mi padre -
Tambien Don Guadalupe se prestó bondadosamente a enseñar a mi hermano Lorenzo
la escritura y la gramática, sin retribución alguna.
Siguiendo
la relación de mi vida en la casa de Clausen y Cía., contaré que allí trabajé
durante seis meses exactamente, del 15 de Febrero al 15 de Agosto de 1852 pues
el 16 de dicho mes salí para el Puerto de Matamoros destinado a la misma casa
que allá llevaba el nombre de "Burchard y Cía" que era el del otro
Socio Don Benjamin Burchard.- En los seis meses transcurridos no me ocurrió
cosa notable que referir, sino que como muchacho de corta edad y nuevo en el
oficio, todo me causaba novedad, y mis pláticas y confidencias eran con un
viejo sirviente que se llamaba Mónico Argais, yucateco que vino a Monterrey de
soldado hacia muchos años y me referia historias que me
divertian
mucho - Yo le tenia gran respeto a mi principal, Sr. Clausen, que era muy serio
conmigo; le velaba el pensamiento, y aunque cometía torpezas en los quehaceres
que me encomendaba, me las dispensaba en gracia de mi actividad y sumisión a
cuanto me ordenaba.- El fue quien propuso a mí padre, que me trasladara a su
casa de Matamoros en donde tenian mas trabajo para mí, a lo que convino por
interés de que yo aprendiera más y que fuera mejor remunerado, como
efectivamente sucedió: por último se resolvió mi viaje, con gran sentimiento de
mi excelente y querida madre, que me amaba con ternura. La víspera de mi
partida el 15 de Agosto de 1,852, en la noche al acostarme en el zaguan de mi
casa, se sentó mi buena madre en mi cabecera, dándome muchos consejos, y
reprimiendo los sollozos que se le escapaban del pecho ¡ pobrecita ! cuanto
sufria al separarse de su segundo hijo, pues mi hermano mayor Manuel, estudiaba
en México desde hacía tres años, y yo era el mayor de los hijos que quedabamos
en casa: me puso aquella noche en el pecho una medallita de plata con la imagen
de la Virgen de la Concepción por un lado y el Sagrado Corazón de Jesús por el
otro. mencionándome que no me separara de ella, para que la recordara
constantemente: esa preciosa reliquia la llevé sobre mi pecho por muchos años
hasta que se la regalé a mi buena hermana Mercedes al partir para Europa,
recomendándole que la cuidara y conservara como reliquia de nuestra querida
madre.
Parti
pues para Matamoros el 16 de Agosto, llevando la bendición de mis buenos
padres: me acompañé con un Sr. Don Santiago Belden, amigo de mi padre; dicho
Sr. me trató muy bien en el viaje; ibamos en una ambulancia ligera con dos
caballos fuertes, y dilatamos cuatro dias y medio, llegando a aquel Puerto el
día 20 al medio día.- Don Santiago era hombre muy festivo y de excelente
caracter, por todo el camino me iba contando chistes que me divertían mucho :
llevaba un cochero llamado Cristóbal, que veinte años despues me sirvió tambien
a mí en mis viajes: era excelente cocinero en los caminos y nos asistía
perfectamente bien, de modo que en ese viaje la pasamos en grande.
Tan luego
como llegué a Matamoros, escribí a mis padres contándoles mis impresiones y lo
bien que me había tratado Don Santiago Belden.- Al llegar a la casa del Sr
Burchard, se me asignó una pequeña habitación que era como "desván"
techado de tejamanil muy viejo: tenía una cama ancha con mosquitero , una
mesita y dos sillas: allí me instalé con mi Equipage, que consistía en una
maleta de manta cordoncillo con mi ropa, una cobija de lana, y un morral en que
traía algo de provisiones- Me cambié ropa vistiéndome de limpio, y me presenté
al Escritorio dos horas despues de mi llegada: iba vestido de lienzo,
pantalones de holanda pardos y un Saco de género azúl con betas que me quedaba
medio rabón, pero muy planchado, y completaba mi elegancia con una corbata de
cinta aplomada.
El Sr
Burchard me recibió con suma bondad, sonriendose de mi sencillez y de mi
vestido; me dijo que se alegraba de que hubiera ido por allá a trabajar y, que
esperaba que me gustaria: me ordenó que fuera a visitar a mi tío Don Mariano
Treviño Garza y que si era posible arreglara con él mi asistencia, que la casa
pagaría: en seguida me fui a buscar a mi referido tío a su casa nueva, pues
acababa de estrenar su residencia, que era una fabrica de dos pisos, de madera.
bastante cómoda: la hizo en el fondo del solar de su suegro Don Manuel Prieto,
mi tío, primo de mi padre; el tío Don Mariano me recibió con mucho gusto,
porque me queria como si fuera su hijo (ásí lo decía), desde luego me arreglé
con él, para que en su casa me asistiera, dándome la comida por diez pesos
mensuales, ese dinero me dijo, sería para tu mamá, y se los mandaré como los
reciba, cosa que me dió muchisimo gusto, pues sabía de las escaceses de mi
familia. Pobrecito Tío ! en tres o cuatro meses que
comí en su casa no se volvió a acordar de su oferta, y ni un centavo recibió mi
madre. El era muy bueno conmigo, lo mismo su esposa mi tía Teresita y sus
hijos; pero la asistencia era pésima, no por escasos, sino por decidia y
suciedad: me tenian esperando mi desayuno hasta las nueve, desde las siete; dos
horas mortales, que perdia en mi trabajo: al fin despues de varias quejas se
resolvió Don Benjamin Burchard, mi principal, a que tomaramos un cocinero y
establecieramos la cocina en nuestra propia casa, entendiéndome yo con el
diario y cuidando que los mozos cumplieran.- Con buena suerte conseguimos un
exelente cocinero, llamado Francisco, quien ayudado de un mozo llamado Nicolas,
nos asistieron perfectamente bien: desde entonces, ya no tuve que quejarme de
mis comidas y aún me parecian suntuosas las que tenía: los Sres Don Benjamin y
los Dependientes grandes que habia en la casa, que eran Don Vicente Lankenau y
don Christian De-Getau tomaban vino tinto en la mesa; a mi tambien me ofrecian,
pero lo rechazaba, porque me parecia que les causaba mucho gasto: despues de un
año de estar en la casa empecé a tomar un poquito con agua, y así quedé
impuesto a usarlo por toda mi vida: ahora de viejo lo acostumbro de ese modo,
me alegro de haber sido tan moderado en tomar vino.
De mi
referido tío Don Mariano, como ya mencioné, su oferta, quedó en promesa, pues
jamás mando ni un real a mi madre, -que era su hermana -, en cambio yo sostuve
a toda su familia en Monterey, en el tiempo de la Intervención Francesa. Gasté
en ellos, mas de tres mil pesos que nunca me pagó.
EN LA CASA DE LOS BURCHARD Y CÍA.-
Mis
ocupaciones ordinarias en aquella Casa eran en primer lugar, limpiar los
escritorios diariamente, llevar la caja menor y los gastos, escribir una de las
Facturas de las tres con que se pedían a la Aduana las Guías, cuyos Documentos
acompañaban las mercancias al internarse en la República; cada artículo tenía
que pagar su cuota, si eran lienzos, por varas cuadradas, convirtiendolas a
tales por medio de factores fijos de yardas, (aras de Bravante) ó metros, con
sus anchos respectivos, que especificaban las Facturas de las Casas remitentes:
esos cálculos eran laboriosos, y tenían que ser exactos, so pena de una multa
de la Aduana, que los revisaba cuidadosamente; por esto el Sr Burchard
acostumbraba hacerlos él mismo, acompañado de dos Dependientes, uno a cada lado
de su escritorio: yo era uno de ellos casi siempre, y Lankenau el otro; Don
Benjamin llevaba la voz dictando y escribiendo su Factura, y nosotros escribiamos
las nuestras; decía "tantos tercios de Imperial" - por ejemplo,- cada
uno de mil yardas de 36 pulgadas inglesas de ancho, son cuantas varas cuadradas
? : él acababa su cuenta primero y levantaba su pluma, viendo a los lados quien
seguia; por lo general yo lo seguía pues calculaba hasta de memoria, - dígame
cuantas, preguntaba - si mi respuesta igualaba a la suya, decia
"bien", sinó, contestaba, "rectifique", lo que por fortuna
me sucedía raras veces, pues la Aritmética fue en lo que me distinguí en la
Escuela, así como en las Matemáticas en general: Don Benjamin era eminente
calculista, y teniamos que ser muy listos para medio igualarnos: mi pobre
compañero Sr Lankenau, aunque era mayor que el mismo Sr Burchard, era algo
atrazado y siempre lo dejabamos atrás en los cálculos ; fuera de ésto era un
hombre muy apreciable, y excelente compañero mío, me ayudaba y me aconsejaba en
cuanto podía, por lo que le guardé siempre gratitud y fuimos muy buenos amigos.
Otra de
mis mayores ocupaciones era contar dinero: se recibian las conductas del
Interior de las casas que mantenian relaciones con la nuestra, para los gastos
de las mercancias, y se cambiaban los pesos del águila por dinero
"provicional", a los pesos antiguos del cuño español: los habia de
muchos tipos, medio lisos y muy feos y tambien mucha feria lisa, aunque de
plata de buena ley, con esa moneda se pagaban los derechos de las mercancias en
la Aduana, y como eran muy crecidos, entregábamos miles y miles de pesos
provicionales (y feria) constantemente. tambien se
hacian con ellos todo los demas: gastos de fletes, cargadores, y en general los
de la poliza.
Como el
Gobierno General mantenía en Matamoros una fuerte guarnición de Tropas
Federales que se pagaban con los productos de la Aduana, resultaba que esos
mismos pesos provicionales volvian al Comercio, y este los cambiaba perdiendo
un 7 a 8 % mas ó menos, para recibir pesos del äguila, que eran los únicos que
se exportaban al extrangero, para pagar las mercancias que de allá nos venian.
Contando
dinero del águila y provicional me pasaba dias enteros, hasta caer rendido de
las espaldas, porque era el encargado de ese quehacer, y el único que conocia y
distinguía la moneda falsa (que habia mucha) llegué a adquirir tal
conocimiento, que cuando alguno de los otros Srs. contaba dinero conmigo, le
advertía que iba un poco falso en el montón de a veinte pesos que juntaba en su
mano; varias veces mostré esa habilidad de oído y saqué por consecuencia que el
Sr Burchrd ordenara que nadie sino yo recibiera y pagara dinero .- En la casa
se recibian miles de pesos en cuantos Trenes de Carros llegaban de Monterey y
de otras ciudades del interior de la República, remitidos por los
corresponsales para pagar los derechos aduanales o para la exportación al
extrangero.
Don
Benjamin y sobretodo Lankenau sabían entenderse con los aduaneros, regalandoles
puros y cigarros de La Habana; les traía de Brownsville botellas de Cognac,
cerveza. Me mandaba que al pasar ntras mercancias, abriera una caja de pasas o
cualquier otra golosina, y que les diera para tenerlos amigos; de este modo nos
captabamos las simpatías de aquellos empleados y nadie pensaba en esculcarnos,
ni siquiera pensaban que eramos contrabandistas.
Este
aprendisage me sirvió mucho en mis grandes negocios para librarme de pérdidas,
cuando el Comercio al "por mayor", no podía sostenernos en la
Frontera sino haciendo negocios con la Aduana : los
que pagaban los derechos de importaciónen total se arruinaban. Tal era el
enorme contrabando.
PROSIGUE MI ESTANCIA EN MATAMOROS
( 1852 / 1853 )
Poco
despues de mi llegada a la Casa, dispuso mi principal que el Dependiente mayor
Sr Lankenau me llevara a Brownsville para comprarme ropa mas apropiada a mi
empleo, fuimos a una tienda de ropa hecha de un Español Don José San Roman, y
allí me surtieron de Saco de alpaca negro, pantalón de casimir, 3 camisas de
cuellos postizos llevando dos cada una, media docena de pañuelos blancos de
algodón y alguna ropa interior : un par de zapatos de
charol y un sombrerito hongo color negro. Me llevé lo que pude cambiarme allí
en la misma Tienda y despues en otras vueltas cambié todo al lado de Matamoros.
Con tan
espléndido surtido, cuyo importe me cargaron a mi cuenta, me puse de
"tiros largos" el primer domingo siguiente, y cuando fui a la Casa,
recibí los cumplimentos de mi Jefe, quien me saludó diciendóme: -"ahora sí
parece usted un caballerito, así me gusta verlo". -"Gracias a la
bondad de Ud. Señor", le contesté. Con mi traje nuevo, llamaba seguramente
la atención porque en casa de mi Tío, me recibieron las muchachas, mis primas,
con exclamaciones como estas, ¡Caramba, que elegante estás !
¡Que bonita te queda esa corbata con el cuello parado !
y que zapatos de charol tan preciosos ! ¡En fin, me festejaron en grande, lo
mismo que en casa de mis otras tías las Señoras Prieto, a quienes visitaba yo
casi todos los Domingos, único dia que salía de la Casa: éran Doña Juanita,
esposa del Doctor Ortega, Doña Antonia, casada con Don Manuel Aragón, Doña
Carlota, cuyo marido fué Don Lucas Aragón, y por último Doña Clemencia con Don
Manuel Fernandez; éste último y Don Lucas, eran unos hombres buenos para nada:
las Señoras eran hermanas de la esposa de mi tío Don Mariano Treviño Garza,
hermano de mi madre: las Prieto eran hijas de Don Manuel Prieto, primo hemano
de mi padre y de allí venía el parentesco que tenían conmigo.- Todas esas tías
me querían mucho y lo mismo sus hijos, pero entre ellas vivían como
"perros y gatos", eran unas familias de poca educación, muy
envidiosas unas de otras, y cuando las visitaba no se ocupaban mas que de
contarme chismes, haciendome confidencias de sus pleitos y disenciones, hasta
que me obligaron a irme retirando de sus casas, porque me desagradaba oir
tantas necedades.
Entre los
amigos de la Casa de Comercio, en que trabajaba, había un Señor Don Enrique
Dillon, inglés, que tenía su casa en Bronsville, comerciaba con otra en Vera
Crúz y la matríz que radicaba en la Ciudad de México, llamada "Bates
Jamison y Cía." de la que era Socio el Sr Dillon: éste Señor me tomó
cariño, porque él venía a ntro. almacén muy seguido, teniendo negocios con Don
Benjamin, y nosotros ibamos casi diariamente a su casa de Brownsvill, donde
dejabamos el dinero que pasabamos de contrabando.- Don Enrique me instaba para
que me fuera con él a Londres, allá me decía, aprendería verdaderamente el
inglés muy bién y a trabajar en el Comercio: yo le ayudaré con gusto.- Mi
respuesta fue siempre que no podía dejar a mis padres, que necesitaban de mi
trabajo, que yéndome no podía ayudarlos como trabajando cerca de ellos: dicho
Sr. se fue para Europa y tuve el gusto de visitarlo en Londres en el año de
1861 y despues en 74; entonces me decía, está Ud. como yo en 1853 y 54, es
decir hace 20 años; ahora ya soy viejo como vé tengo blanca la cabeza; cuide
Ud. sus años, Jesús, mire que el tiempo vuela.- Ahora que escribo estas líneas
me acuerdo de lo que me decía el Sr Dillon en Londres hace 37 años ! El murió
hace mucho y yo tengo 73 años !! Soy el único
superviviente de los que formabamos las casas comerciales de Clausen y
Burchard.- Otros dos viejos amigos que sirvieron en otras casas en la sucursal
del Parral, viven tambien, son Don Federico Hallforh de 78 a 79 años y Don
Gustavo Heye, de Galveston, que tiene la misma edad que yo.- (Hallforth murío
en 1910).
Si Don Jesús nació en 1838, y su narración data
de 1853, tenia entonces 15 años...Ocho años después, en 1861 - de 23 años, y
año tambien de su matrimonio - viaja a Europa y se vé en Londres con el Sr
Dillon. Vuelve a encontrarse con él en 74, cuando Don Jesús tenía 36 años de
edad.... Él escribe éstas memorias a los 73 años, es decir en 1911...
Durante
mi permanencia en Matamoros pasé algunos trabajos, había veces que tenía que
estar a la orilla del Río recibiendo carga todo el dia sufriendo aquel sol
abrazador; otras veces estivando los cargamentos en los almacenes y aunque
tenía cargadores que lo hacían, yo dirigía el trabajo, y arreglaba personalmente
las piezas de géneros sacudiendo y limpiando las armazones : hubo vez que no
tuve una camisa limpia que cambiarme y me ví precisado a volver al reves la que
traía para sentarme a la mesa, abrochandome el saco hasta el cuello para
esconder mi camisa sucia.- Tenía una Lavandera negra que me cobraba un peso
mensual por lavar y planchar, pero a veces no me traía la ropa, y de allí mis
apuros. Como yo vivía con suma economía, por dejar mi pequeño sueldo para mis
padres, no pedía ropa nueva y la que tenía se me iba gastando al grado de no
contar en aquella vez sino con tres camisas, de las que dos tenía la negra en
su casa: esa escaces de ropa me era tanto mas sensible cuanto que Don Benjamin
se cambiaba diariamente y Lankenau lo hacía cada dos días, porque en aquel
clima era el calor terrible y se sudaba mucho. En mi cuartito se me mojaba todo
en la época de lluvias; el techo era de tejamanil muy viejo y se pasaba todo;
hubo noches que dormía pegado a la pared en mi cama ancha bien mojada y
solamente un espacio de media vara o menos me quedaba seco. Allí pasaba la
noche...
Mi única
diversión y mi mayor anhelo eran, montar a caballo y recibir cartas de mi casa;
éstas venían por el correo ordinario dos veces por semana tardando cinco días
en el camino, pero yo no recibía sino una carta cada semana ó tres cartas en un
mes porque el porte costaba tres reales cada carta simple, y yo tenía que pagar
en la oficina de correos al sacarla: entonces no había previo franquéo. Cuando
venía el extraordinario, que era un correo particular de la casa, entonces me
daba gusto; éste se llamaba Tío Justo Guerra, venía por lo general cada 20 ó 30
días con la correpondencia urgente de la Casa: a mí me traía siempre cartas de
mi casa y algunas veces algún regalito de mi excelente madre; ya eran unos
piloncillos, algún cajoncito de dulces de leche, higos pasados ó cualesquiera
otra golosina: Allá en "mi almacén" con gran gusto recibía yo
aquellos sabrosos regalitos ! Me pasaba
las horas en la noche platicando con Tío Justo, preguntandole por los de mi
casa primero, y luego pidiéndole noticias de Monterey y hasta del Cerro de la
Silla.
Decía que
montar a caballo era casi mi única diversión, y en efecto lo era, y así
suplicaba a mi padre que me mandara una sillita de montar que me hacía mucha
falta, pues cuando salía de paseo a caballo. que era
algún Domingo, usaba un albardón inglés ya viejo y muy feo. Yo montaba bien,
pero no acostumbrado al uso del albardón, me descomponía algunas veces en el
caballo que me prestaba Don Benjamin, porque era brioso, de trote fuerte,
aunque manzo; era un caballo blanco, bonito, que llamabamos "Figaro".
Cuando
recibí mi silla de montar que trajo un Tren de Carros de los que venían de
Monterey, entonces me dí gusto: el caballo lo montaba Lankenau, pero me lo
cedía muchos Domingos, porque él se iba a pasear con
sus novias (como él decía), y yo me iba a darme paquete con mi silla nuevecita
y "mi Figaro". El Sr Burchard tenía una magnifica yegua colorada de
raza inglesa y se paseaba con el Sr. Dillon que montaba un caballo negro de
mucho valor. Tambien solía acompañarlos el Sr Stocks, en un caballo bayo muy
fogoso y saltador: éste Sr. era Dependiente del Sr Dillon, y tambien me quería
a mí mucho. Cuando se fué Don Enrique a Inglaterra, Don Lucas Stocks salío a Valparaiso,
en la República de Chile, donde se estableció.
Una vez
me prestó mi tío Don Mariano un caballito nuevo, que no sabía de rienda
todavía, pero manso: lo monté con bosalillo solamente, sin freno y en albardón,
porque todavía no tenía silla mexicana; era un Domingo en que todos los señores
de la Casa salían de paseo con sus amigos los ingleses, Dillon, Stocks,
montando sus magnificos caballos; a mí, me habian invitado. Salimos a la calle
y echamos trote largo en parejas de dos en dos ginetes; yo en mi
"cholenco" no quice quedarme atrás y emprendí carrera abierta para
seguirlos y no separarme del grupo, pero al volver una esquina los Sres. que me
precedían, no pude hacer que mi caballo torciera y siguío corriendo por la
calle rectamente al Río; entonces me apercibí que iba desbocado completamente,
porque no obedecía la rienda por mas fuerte que yo la tiraba; una vez sin
rienda, procuré cambiar la dirección de la carrera por temor de caer en el Río
Grande con todo y caballo , logrando con mil esfuerzos, echarlo hacia el llano
que llaman de "La Laguna"; una vez allí le zumbé chicotazos al
caballo hasta quedarme con un pedazo de azote, pues había oído decir que
desbocado un caballo, lo mejor era castigarlo fuerte para cansarlo pronto, y
que parara de correr; pero el mío no cedío ysiguío una carrera desesperada y
furiosa, volviendo otra vez a la Ciudad. Entonces al tomar una calle cuyas
aceras eran cercas de ramas con espinas, procuré echar mi caballo a una esquina
donde metió la cabeza, y luego volvió atrás sacando sobre ella y el pescuezo
una rama monstruosa que yo no podía retirar, dándome en la cara, porque tenía
los brazos duros y encogidos, estirando las riendas con todas mis fuerzas; así,
sin sombrero, que había perdido desde el principio de la carrera, y con una
bola de ramas y espinas en la cara, entré corriendo a las calles céntricas de
Matamoros, llamando la atención de todo el mundo, como un loco y desaforado
caballero: por fin unos muchachos amigos míos, dependientes de comercio, que se
paseaban aquel Domingo, me conocieron y se echron sobre mi desbocado caballo, y
lo detuvieron...unos prendidos de la cola, y otros de las riendas, pudieron
apearme, todo maltratado. Despues de contarles mi aventura y de darles las
gracias por su eficaz ayuda, me fuí a pié, llevando el caballo poco a poco
hasta mi casa; pero una vez allí, le planté un buen freno, tomé una cuerda de
cuero, y volví a montar llevandolo por las mismas calles, ónde había corrido
conmigo. Hallé mi sombrero que habían recogido unas señoritas, que estaban en
una ventana, que me vieron pasar como exhalación, según me contaron, y luego
salí a La Laguna (el llano) y le metí espuelas al caballo haciendolo correr mas
aprisa que antes, y deteniendolo a mi voluntad con el freno que le había
puesto; así lo castigué como merecía por el susto y la vergënza que pasé...
Cuando
todos nos reunimos en la casa por la noche para cenar, les conté lo que me
había pasado desde que me separé de la cabalgata en la tarde y bien se rieron
de la aventura.
Despues
de pasar en Matamoros casi un año, me dió el Sr Burchard licencia por un mes,
para ir a Monterey a visitar a mis padres, me prestó para el viaje una mula de
buen paso, que era del Sr Clausen, y que ocasionalmente estaba en la casa; hice
mi maleta y salí con diez pesos en la bolsa, recomendado al Sr Juan Harambure,
dueño de un bonito Tren de Carros, con quien tenía que acompañarme: hicimos el
viaje sin novedad, pero por desgracia nos llovió mucho, dilatando once ó doce
días para llegar a Monterey a fines del mes de Junio de 1853.
La
llegada a mi casa fué un acontecimiento que me llenó de gusto, abrazando a mis
padres con tanto placer que no igualaría otro alguno; me consideraba tan feliz con
ellos y con mis hermanos, que no echaba de menos las comodidades de la casa
rica de Burchard, a pesar de que en la nuestra viviamos tan modestamente. Al
día siguiente de mi llegada me presenté temprano en el almacén del Sr Clausen,
mi principal, jefe de Casa en Monterey, manifestándole que estaba a sus
ordenes: él me contestó que podía irme a mi casa, que tenía vacaciones, y que
me llamaría cuando fuera tiempo de regresar a Matamoros, mandó al cajero que me
entregara cien pesos....
Aqui termina ésta parte de las Memorias de Don
Jesús. La continuación de su manuscrito debió haberse perdido....No tenemos más
notas de sus vacaciones, ni de la continuación de su estadía en Matamoros....
DESPUES DE CINCO AÑOS Y TRES MESES
DE DEPENDIENTE
15 DE FEBRERO DE 1852 - 25 DE MAYO DE 1857
Separado
de la Casa de Comercio de los Srs. Clausen y Cía., me asocié con mi buen amigo
Don Emilio Zambrano, tomando en traspaso un tendajo de abarrotes, que el mismo
Don Emilio manejaba en compañía de su Sr. padre Don Gregorio Zambrano y de un
Señor Ignacio Benavides: esa Sociedad que duró tres o cuatro años, no dió
ningún provecho a los dueños; al hacer el balance general con que recibimos
nosotros aquella negociación no les resultó ganancia alguna, no obstante que al
inventariar las existencias para pasarlas a nosotros tomaban razón hasta de los
clavos que había en el armazón donde se colgaban las tacitas de asa para
mostrarlas a los compradores; no se escapaban de valorizar ni las escobas u
lámparas viejas, pues solamente así podían completar al Capital de Don
Gregorio, el valor montaba, según aquel inventario a $ 14,500.-
Yo
conseguí que nos rebajaran $ 1,000.- reconociendo Don Emilio y yo el resto con
un rédito de cinco por ciento anual, y obligados a abonar mil pesos por cada
año. Estas hubieron sido buenas condiciones pues un Capital puesto en manos de
jovenes que empezabamos a trabajar, si no hubiera sido que el valor real de las
mercancias y cuentas a cobrar que recibiamos no valía ni los 2/3 s. de lo que
pagabamos, así fue que desde nuestros primeros pasos en el Comercio, tuve que
luchar mucho para ganar con que cubrir aquel Capital y sus réditos; para mis
gastos de familia (que eran bastantes) y para ir haciendo algún capital propio
con que garantizar lo que debiamos.
Sin
jactancia ninguna puedo asegurar, que desde el primer día en que empezó la
compañía nombrada "Zambrano y González", yo tomé la dirección de los
negocios, y con toda actividad los proseguí, iniciando y personalmente
realizando operaciones mercantiles de importancia, nunca soñadas por mi socio y
que al fin del año que hicimos el balance resultaron con una ganancia líquida,
pagando los gastos y los intereses de $2,854.-, de los que me correspondieron a
mí $1,427.- Esta cantidad pasé a mi crédito con el mayor gusto, puesto que era
el producto de mi trabajo de un año, después de pagar las pérdidas en las
mercancias viejas que habíamos recibido del tendajo de Benavides, que le
llamaban "de las Marmotas" por unos farolones con que se alumbraba
con mechas alimentadas con cebo.
Yo le
puse un bonito alumbrado con lámparas de petroleo elegantes; le cambié los
mostradores y armazones, dandole forma de almacén, le puse el nombre de
"La Aurora" que se hizo notable muy pronto por sus buenas ventas y su
depacho eficaz y honrado.
Mi socio
Don Emilio me estimaba mucho y así me lo demostraba, lo hacia sin la menor
objeción: Tomé decididamente mi puesto de Jefe del Negocio, y en consecuencia
traté de realizar como mejor se pudiera las mercancias que habiamos tomado en
traspaso: entre ellas había una ferretería alemana de la peor calidad
imaginable : eran unos $3,000.- que nos hacian falta y proyecté llevarlos yo
mismo a la feria de San Juan de los Lagos, que en aquel tiempo era notable por
la cantidad de vendedores y compradores que se reunían allí de todo el país.
Me puse
en obra con los dependientes que lo eran, el joven Jesús Barreda de mi edad y
Pilar Zertuche algo menor, ayudados por Emilio mi socio, todos limpiando y
untando con grasa fierro por fierro, serruchos, martillos, sierras, visagras,
chapas y picaportes de puertas. Finalmente arreglamos de todo
muestras, empacamos los fierros en cajas y arreglada la ancheta, le
agregué algunas otras mercancias más nobles de abarrotes, que en conjunto era
una ancheta bonita y de la que esperaba obtener muy buen resultado.
Salí por
fin una tarde del mes de Noviembre de 1857 en un cochecito de mi tío Don
Luciano Espinosa que me lo dió en comision para que se lo vendiera en la Feria
a donde me dirigía: la carga la llevaba al tren de carros de Don Albino
Castillón, quien personalmente guiaba la expedición :
éste señor era un hombre excelente que siempre me quiso mucho, de bastante
experiencia, de modo que yo iba lleno de esperanzas en mi primera expedición y
perfectamente bien acompañado.
Sucedió
que el día que salí de Monterrey estaba llovisnando, yo me agité mucho desde el
día anterior cargando en los carros mis mercancias para que nada faltara
arreglando los documentos aduanales que entonces eran necesarios, los
conocimientos y facturas de la carga y además dejar las instrucciones a mi
socio de lo que debían de hacer durante mi ausencia, así como dejar arreglado
que a mi padre no le faltara nada para atender nuestra numerosa familia.
Con la
agitación consecuente y la mojada que me dí aquel día, tomé un fuerte resfrío
que vino a convertirse en calentura sumamente alta a mi llegada a Santa
Catarina en dónde dormí justamente con el tren que había salido en la mañana:
al día siguiente llegamos a Santa María, una hacienda que dista seis leguas del
Saltillo; allí pasé una noche muy mala y resolví adelantarme del tren por
consejo de mi buen compañero Don Albino Castillón para llegar antes al Saltillo
y consultar con un Médico: así lo hice y a las diez del tercer día llegaba yo
al Saltillo parando en un mesón nombrado San Esteban: apenas pude bajarme del
cochecito y llevandome del brazo mi mozo Nicolas Ramos, me fui a unas dos
cuadras donde vivía un Doctor americano, que me recomendó el dueño del Mesón:
este Médico se llamaba Don Juan Smith era un facultativo notable: me examinó
muy detenidamente y desde luego me manifestó que no podía seguir caminando con
el Tren y como yo insistiera por no abandonar mi negocio, me dijo - "bueno
pues váyase, pero irá a morirse"- Resolví por lo tanto quedarme y el buen
Doctor mandó inmediatamente arreglarme un catre y empezó mi curación de la
pulmonía que era lo que yo tenía: el Médico me dijo que antes de 8 o 10 días no
podría caminar, y en tal apuro tuve que mandar un correo a mi casa avisandole a
mi socio Don Emilio que se viniera inmediatamente a sustituirme porque me era
imposible seguir con la carga.
Pronto
llegó Don Emilio y también mi buen padre que se vino a cuidarme: el pobrecito
hizo el viaje a caballo y muy de prisa, estando ciego y avanzado en edad: no podía
andar en coche porque se mareaba, de modo que viajaba siempre a caballo.
Tan
pronto como llegaron al Saltillo, se enteraron de las causas de mi detención
allí y de la necesidad de que mi socio me substituyera en el viaje, lo que
efectivamente hizo, yéndose a alcanzar al tren de carros que había continuado
su camino: yo entretanto seguí curandomé atendido por el Dr. Smith y cuidado
por mi Señor padre que solicito y cariñoso estuvo muy pendiente de mí hasta que
por voluntad de Dios me levanté de la cama a los ocho días. Dos o tres días
después salía un carruaje para Monterey llevando a un Doctor Americano y con él
nos fuimos nosotros muy recomendados por el buen Doctor Smith- A este Sr. le
supliqué me dijera lo que le debía y dandome excusas se salía de la casa y nada
me decía: por fin al salir de su casa ya para tomar el coche encontré sobre una
mesa de escribir una cuenta por valor de $25.-
suma que
dejé allí mismo. Mucho agradecí al buen Doctor su delicado modo de cobrarme,
una bagatela, por cierto, pues el supo que yo empezaba a trabajar para sostener
a mi querido padre con nuestra numerosa familia, y sin duda eso lo hizo ser tan
moderado en su cobranza, que en otras circunstancias me habría costado diez
veces más: el Doctor Smith era de sentimientos nobles, y esa buena acción
conmigo se la agradecí siempre, pues llegamos a ser muy buenos amigos y alguna
vez tuve ocasion de prestarle algún servicio correspondiendo al que él me hizo.
Tan luego
como regresé a Monterey me dediqué como siempre a fomentar con todo empeño los
negocios de ntro. giro mercantil, logrando hacer en ese Invierno desde
Diciembre de 1857 a Enero de 1858 varias compras de piloncilo y vendiéndolo a
los carros de Chihuahua y Nuevo México que venian a cargar ese artículo año por
año: anduve muy listo y logré cargar el primer tren de un americano del Parral,
Mr. Hicks, que estaba acampado con sus carros cerca de la Presa en donde había
una estatua de la Virgen: allí fuí una tarde en mi caballito de campaña
encontrando al Mister Hicks sentado tomando café, me bajé y le ofrecí que yo me
encargaría de cargar su tren de buen piloncillo, que lo tenía listo, empacado,
en una Hda. cerca de Cadereyta: de pronto no quería entrar en trato pretestando
que ya tenia medio propalada la carga, pero luego que yo insistí, que le dije
el precio a que se lo daba, se animó; pero antes me habló de venderme un
caballo frison, que yo habia visto y que me gustaba mucho; así que me fue fácil
hacer mi contrato por 200 cargas de piloncillo a doce pesos y medio, tomándole
su caballo por ciento veinte pesos: cerramos trato y quedamos que iría a
Cadereyta y estaría allá por dos días más para seguir a la Hacienda que yo le
designara - Esa misma noche me arreglé y salí yo solo al día siguiente a las
tres de la mañana para Cadereyta, a dónde llegué a las ocho, deteniendome a la
entrada para dar un pienso a mi caballo y desayunándome con leche de vaca
recién ordeñada en un corral, y pan que yo llevaba en mi morral: ese era todo
el bastimento con que yo viajaba, pan y agua en una caramañola de hojalata.
Acabado
mi almuerzo monté otra vez y me dirigí casa de un Sr. Francisco Tijerina que
supe tenía muy buena cosecha de piloncillo ,- le compré toda, unas 350 cargas a
$10.- dándole mil pesos y el resto a seis meses de plazo: luego pasé a ver a
Don George de Leon y le compré 400 cargas al mismo precio y con iguales
condiciones de pago, de suerte que en esa mañana aseguré la carga del tren de
Mr Hicks y de dos más: en la tarde me fui a las Haciendas para asegurarme de
que el piloncillo estaba listo, y para sacar muestras. Por allá me quedé en la
noche y el siguiente día tomé el camino para Monterey para encontrar el tren;
poco tuve que andar pues Mr. Hicks se adelantó y lo encontré a una legua de
Cadereyta, entonces me volví sirviendole de guía y en la hacienda de Tijerina
que se llamaba de "los Guerras", allí cargó sus doscientas cargas y
justo volver a dormir a Cadereyta: yo me quedé allí tambien y al siguiente día
muy temprano estaba en mi casa platicándole a mi padre el resultado de mi
expedición, que fué un éxito completo.
A su
regreso Mr. Hicks me pagó con pesos nuevecitos recién salidos de la Casa de
Moneda de Chihuahua y quedó tan contento de mí, que me ofreció recomendarme con
sus amigos , las carreras que debía encontrar en su camino; yo solo rogué
mucho, y así lo hizo, pues a los pocos días llegaba el Tren de Avila y Jurado ;
luego otro de un Sr. Fierro, y más tarde los Armijos de Nuevo México; estos
solos me compraron 500 cargas y aquellos otro tanto, pero no descansé ni un día
hasta que ya no hubo compradores: el resultado final fué que mi negocio de
"la Aurora se ganara algo más de dos mil y quinientos pesos en un mes y
pico que estuve solo y que duró el viaje de Emilio.
En el
Invierno del año siguiente, es decir de Noviembre del de 1858 a Enero de 1859,
también hice varios viajes y correrías por ranchos y haciendas de Cadereyta,
Villa Santiago y Allende comprando piloncillo y varios otros que encontraba al
paso como mieles, sal de la costa, cueros crudos y curtidos, todo lo cual
llevaba en carretas a ntro. comercio de "la
Aurora" obteniendo casi siempre buenas utilidades - Así fué que desde mis
primeros pasos en el comercio, empecé a viajar buscando la manera de aumentar
mis operaciones mercantiles y entender más y más nuestras relaciones a fin de
conocer más de los pueblos inmediatos: ya en las dos ferias de 57 y 58 que eran
del 8 al 20 de Setbre. de cada año, ya ntra. casa era de la que más vendía de abarrotes, antes nos
preparabamos con buenas existencias de mercancias tanto del extranjero como del
país que eran de más demanda.
Con tal
fin organicé una expedición al Interior del país por el mes de Agosto de 1858,
arreglando una ancheta de unos tres mil quinientos pesos que llevé a Zacatecas,
para venderla allá y cobrar algo más de tres mil pesos que mi socio dejó fiados
en su viaje a San Juán de los Lagos: allá vendió todo a un tal Narvaéz
comerciante de Zacatecas que le fué recomendado como seguro; no trajo al volver
más que los pagarés de aquel sujeto a quien yo fui a cobrar al vencimiento de
dichos pagarés: me encontré que el tal individuo era un pobre varillero que
estaba arruinado y además enfermo de gravedad ; desde luego comprendí que mi
pobre socio había sido engañado miserablemente, dejando nuestra ancheta mandada
a la feria de San Juan en manos de un infeliz varillero que gastó y se cogió
todo: fué un fracaso completo y lo único que pude recoger fueron algunos
fierros de ntra. ancheta, con todo lo cual cargué
llevandomelos a Monterrey con más las existencias que tenia en su miserable
Tienda el deudor: otras existencias constaban de algunos libros y cuadernos de
poco valor: ejemplares de Comedias de Años Cristianos, de los Mosqueteros de
Dumas y otra porción de novenas y porquerías con todo lo cual me pagué de más
de tres mil pesos que constituía nuestra remesa a San Juan.
¡ Que
doloroso fue para mi perder ntro. trabajo de un año !
y de algo más con los réditos que estabamos pagando - Cuando regresé y di cuenta
a mi buen socio del resultado de la cobranza que él creía segura, se espantó, y
no hizo sino seguir siendo más sumiso a lo que yo disponia, porque veía
claramente el resultado de mis trabajos que eran los que daban utilidades a la
casa -
Nada
menos en esa ocación que fuí a Zacatecas logré vender todas mis mercancias al
contado a un español yerno de un rico hacendado (Sr. Llaguno). Este Sr. era muy
"favalon" y alguno me contó como le gustaba que lo alabaran: fui a
verlo a su almacén derechito, con mi fortuna en la mano; le conté que su fama
de hombre de negocios y de grandisima inteligencia llegaba hasta Monterrey
tanto que la Casa de Clausen y Cia. (muy acreditada en
Zacatecas) donde yo había trabajado los últimos seis años, me recomendó al
salir que antes de ver a ninguna persona de Zacatecas me dirigiera a él, que
era el primer comerciante del Interior: con tales alabanzas, se puso mi
gachupin como un pavo, y ya me fué fácil inducirlo a que me comprara toda mi
ancheta, en la que le saqué mucho más ventajas de lo que esperaba. Me pagó algo
más de cuatro mil pesos en dinero nuevecito, que cambié en la Casa de Moneda
por oro: onzas de a diez y sus pesos que entonces valian a la par de la plata.
Con un
mozo que me acompañaba me fui a caballo a San Luis Potosí que dista 58 leguas
de Zacatecas, lo que hice en dos jornadas, andando en la última 30 leguas
(llevaba conmigo mi caudal en oro).
En esa
ocación fui asaltado por una gavilla de doce o mas ladrones, pero por fortuna
iba yo advertido, de que andaban esos bandoleros, y montaba un magnifico
caballo frison a cuyas piernas me atenía, y además a mis buenas armas, mi rifle
de Sharp y una pistola Colt que llamaban "dragona" y eran muy
certeras: mi mozo llevaba su "chapalote" de Mississipi y su sable, de
modo que ambos ibamos bien armados.- Contaré como fue el asalto y como me
escapé -.
Salí de
Zacatecas al amanecer, y paré un rato en la Hacienda de Troncoso, que dista
cuatro leguas de la Ciudad; allí me desayuné en una casita de la orilla; las
gentes que me vendieron el desayuno me contaron que en un punto que llamaban el
palmar - cerca de aquella hacienda andaban los ladrones y que día con día
robaban a los viajeros que por alli pasaban - "pues a mi no me roban
porque me defenderé" - les dije. -"Entonces lo matan Señor, así lo
han hecho con los que no se entregan" - Me despedí de aquella buena gente,
que me encomendaba a Dios para que me fuera bien y confiando en El, proseguí mi
camino- Habiamos andado unas dos horas cuando al bajar de un puertecito que
había entre dos lomas y que llamaban "las boquillas" vimos venir por
frente a nosotros a un hombre que corría a caballo y que llevaba una lanza con
banderola colorada como la usaban los dragones del ejército; parecia un soldado
y al enfrentar con nosotros nos dijo - "soy rural y voy a dar parte de que
ahí están los ladrones, y ustedes van a encontrarlos si se van por ese camino
de la izquierda; estan al otro lado de ese alto : tomen el camino de la derecha
y no tendrán novedad" - A corta distancia se separaban los dos caminos -
El tal soldado era uno de los mismos bandidos y así lo juzgué desde luego,
diciendole a mi mozo - "vamonos por éste camino de la izquierda" -
"pero Señor no oyó lo que dijo el guarda ?" - "Si lo oí, por eso
quiero hacer lo contrario, porque ese es el ladrón" - Y diciendo y
haciendo; eché por delante al viejo mozo ordenandole de avanzar de prisa y al
galope sin esperarme , al mismo tiempo, que viendo para atrás observé que el
soldado que habiamos encontrado movía su banderola con marcada manera de que
hacia señales a los rojos, como a dos o trescientos metros por el camino de la
derecha, habia una casucha caída y de entre sus paredes salieron diez o doce
hombres, la mitad montados y otros a pié, que corriendo trataron de seguirnos:
unos tomaron el camino para alcanzarme y otros atravesando el palmar procuraban
cortarme mi camino. Venían gritando y disparando sus mosquetes, cuyas balas
polveaban muy lejos de mí, por ser aquellas armas viejas y de muy corto alcance
- Cuando ya alcancé lo más alto de una especie de cuesta por donde iba mi
camino; le dije a mi mozo se adelantara corriendo como ya le había mandado, y
luego en lo más alto paré mi caballo volteamos hacia donde venian los que por
el camino me seguian; fijé un poco mi punteria y les disparé el primer tiro,
que sin duda les chifló por la cabeza porque se apartaron a uno y otro lado del
camino corriendo y disparando todos sobre mí: veía muy bien sus fogonazos pero
sus balas caían polveando a mas de cincuenta metros de donde yo estaba : les
disparé otro riflazo, pero me fue inposible repetir porque mi caballo que era
un magnifico frison, que me dio un amigo para que se lo vendiera se alborotó
muchisimo y tuve que meter mi rifle en su funda para no caerme; ya me preparaba
para correr a alcanzar a mi mozo, que se alejaba demasiado, cuando aparecieron
dos de los bandidos que habian tomado la travesía, a corta distancia de mí, y
no tuve más campo que sacar mi pistola y despacharles dos tiros seguidos, que
los obligaron a correr para atrás, al tiempo que yo lo hacia para alejarme con
mi caballo que volaba materialmente, y en unos cuantos minutos me reunia con mi
mozo siguiendo ya más tranquilos ntro. camino: al
medio día llegamos al rancho de Yescas donde nos detuvimos a comer.
Allí les
conté ntra. aventura con los bandidos, asegurandonos
aquellos rancheros que era el único caso en que pasaban caminantes sin ser
robados.
Seguí mi
viaje llegando por la noche a Salinas del Peñon Blanco que era una gran
Negociación Salinera de los millonarios Sres. Errazu V. vivían en México - El
Administrador me recibió muy bien cuando le dije que era de Nuevo Leon, y que
llevaba una comisión del Gobernador Vidaurri para San Luis Potosí - En aquella
época nuestro Estado y su Gobernador tenían mucha fama en el Interior por los triunfos
de los fronterizos sobre los mochos cómo llamaban a los de Miramón -Al
siguiente día que salí de Salinas me acompañó un guía que me dió el Admor.
después de colmarme de agasajos y ofrecimientos- Dos horas despues devolvi al
mozo guía dándole un peso, con un recado de expresivas gracias para su amo. A
las diez de la noche llegué a San Luis Potosí, despues de haber caminado
treinta leguas. Antes de llegar me perdí entre unos magueyales y si no
encuentro a un indio teco no salgo de aquel laberinto en toda la noche.
En San
Luis paré en un mesón llamado de San Ignacio, y desde el amanecer del día
siguiente empecé mis compras de mercancias del país: en el mismo mesón se
hospedaban Don Andrés Calzado y su hijo Eutimio que era mi amigo y compañero en
el pequeño comercio que ambos girabamos: ellos me prestaron alguna ayuda con el
conocimiento que tenian de como se trataba con aquella gente que acudía al
mesón en bandadas ofreciendo en venta sus mercancias.
Uno que
no supiera manejarse, de seguro lo engañaban pues eran unos
"pelados", ladinos y vivos para el trato: venian como digo en montón
con los forasteros como nos llamaban a nosotros - "Vamos niño comprame
estas espuelas, mira que bonitas, no son mas de una docena"- Bueno, cuanto
valen les preguntaba? - "Pues niño se las quiero
regalar, no me dá mas de dos peso por cada una" - Son muy caras le decía -
"Valgame Dios, si supiera su mercé cuanto trabajo nos cuesta hacerlas y lo
caro que está el fierro y el carbón, pues "contoieso" digame lo que
me dá por ellas" - Le doy seis reales por cada par y le tomo la docena, es
decir le doy nueve pesos. - "¡ Ah que niño ! deme
doce pesos y se queda con ellas". Vaya dejamelas y las pagaba. Lo mismo
sucedía con los que vendian frenos, riendas, almortigenos, coronas, sillas de
montar, rebozos, peines, guitarritas y mil baratijas fabricadas a mano.
Al día
siguiente venian los vendedores en mayor número y los articulos que nos habian
costado un peso, nos los ofrecian por siete reales y hasta por cuatro: tal era
el comercio de San Luis Potosí de aquella época - Ibamos al baratillo en las
tardes y allí comprabamos muchas cosas aún mas baratas que en el mesón, porque
se reunian en una especie de plaza los vendedores y los compradores haciendo
una boruca ensordecedora hasta que oscurecia.
De esta
manera iba yo empleando mis cuatro mil pesos en oro que habia traido de
Zacatecas, cuyo dinero deposité en casa de un Sr. Don Blas Pereda, para quien
llevé una carta de recomendación : él me indicó donde
podía comprar los articulos principales como azúcar, café, cacao, jabón y
muchas mas que vendiamos en Monterey con buenas ganancias.
Tan
pronto como completé mi carga bien empacada y arreglada la fleté para Monterrey
en un Tren de carros que casualmente regresaba consiguiendo me llevaran mis
mercancias a un flete muy barato; pagué cuatro pesos por carga de tres
quintales (300 libras).- Dicho tren dilató unos quince días para llegar a
Monterey.
Era la
primera vez que yo iba a San Luis Potosí, Ciudad que mucho me llamó la atención
por ser muy populosa y de mayor comercio que Monterey : Allá vivía una Señora
Doña Antonia Falcón viuda de un Abogado, Sr. Delgado que fue amigo y
corresponsal de mi padre a quien en el curso de los negocios que hacian le
quedó debiendo una cantidad de dinero que ascendía a cerca de mil pesos - Mi
padre me había encargado le hiciera una visita a su nombre y le reiterara su
deseo de abonarle algo tan luego como sus circunstancias se lo permitieran: fui
en efecto a visitar a la Sra. con quien tuve una larga conversació, disculpando
a mi Señor padre, y pidiendole el favor de que me aceptara a mí como deudor en
lugar de él, que yo le ofrecía pagarle en abonos mensuales : la Señora aceptó
inmediatamente mi proposición, manifestandome que le diera veinticinco pesos
mensuales, y que con eso se conformaría.- Por mi parte convine muy agradecido y
al siguiente día le llevé cien pesos, por cuatro mensualidades adelantadas. En
mis viajes posteriores y haciendole remesas de Monterrey, le cubrí toda la
cuenta que le debiamos antes de tres años, y cuando me dió el recibo final me
contó, que su esposo le habia dejado en cuentas por cobrar cerca de veinte mil
pesos, y que le recomendó antes de morir, que a mi padre lo considerara, poque
era un buen amigo y además estaba ciego con una numerosa familia - Pues bien,
creerá ud. me dijo "la única cantidad que he recibido, es la de su papá,
que ud. me ha pagado, todo lo demás lo he perdido, nadie me pagó despues de
muerto mi Esposo, Ustedes son los únicos se lo digo para su satisfacción".
De San
Luis me vine a caballo en compañia de los Sres. Calzado, llegando a Monterey en
seis días de viaje: la carga llegó unos días despues en Agosto: el 8 de Setbre.
siguiente empezó la Feria que terminó el día 20; en
esos días trabajabamos muchisimo atendiendo a los compradores que ocurrian de
los pueblos del Estado y muchos de Coahuila y aún de Tamaulipas: nosotros en
ntro tendajo de "la Aurora", hicimos muy bonito negocio con el buen
surtido que yo traje de San Luis y otras compras con que me preparaba en el tiempo
de la Feria.
Todavía
no teniamos dos años de trabajar Don Emilio Zambrano y yo, cuando su hermano
Don Eduardo (que era mi cuñado) nos propuso asociarse con nosotros arreglando
con su padre Don Gregorio que nos traspasara la tienda de ropa y su comercio
que manejaba el mismo Don Eduardo - Convenida así la nueva compañía recibimos
en traspaso la dicha Tienda, que como la de abarrotes, tenía algo bueno, pero
tambien "un mulerio" de mercancias viejas y resagos de años atrás: el
Inventario alcanzó a $25,000 y pico de pesos con las cuentas a cobrar que nos
traspasaron todo lo cual unido a lo que recibimos en la Aurora sumaba cerca de
cuarenta mil pesos, cuyo capital reconociamos los tres socio a favor de Don
Gregorio Zambrano, con obligacion de hacerle abonos anuales de dos mil
quinientos pesos y pagarle el cinco por ciento de réditos al año - Se dió una
circular anunciando al comercio que Don Eduardo entraba de socio y que la casa
se llamaría en lo futuro "Zambrano, Hno. y
Cía".
El cambio
de nombre de la casa de comercio que yo había formado, casi solo con mi trabajo
activo y provechoso, me disgustó mucho; pues yo quería que la nueva firma se
denominara "Zambrano, González y Compañía", pero elSr Don Gregorio no
lo consintío, y como era el dueño del Capital conque trabajabamos, tuve que
ceder muy a mi pesar, aunque asegurando a mis socios, que la supresion de mi
nombre en la firma de la Sociedad, me obligaría a separarme de ella tan pronto
como contara yo mismo con algún Capital: esa fué una idea que no me abandonó
nunca y que traté de realizar en varias ocasiones, despues de trabajar en
aquella compañía, pues era mi sueño dorado acreditar mi nombre.
Unido Don
Eduardo a ntra. compañía de comercio cambiamos ntra. casa a la de Don Gregorio Zambrano, rentándole los bajos y
dedicandonos a los negocios por mayor: ntro. almacén
era lo que ocupa el Barrio de Nuevo-Leon ahora y la familia del dueño de la
casa vivía en los altos: mi escritorio ocupaba un lugar interior de donde se
veían los corredores de arriba que miran al Oriente y en ese lugar trabajaba yo
horas enteras cuando no tenia marchantes que despachar en los almacenes: la
ropa la teniamos al Oriente de la casa y los abarrotes en el lado opuesto.
Tan luego
que ya contamos con más Capital, ocupé a mi hermano Lorenzo dándole mercancias
que saliera a vender a fin de ayudarnos mutuamente.
Anduvo
por Galeana, Rayones y otros pueblos del Sur de Nuevo Leon realizando bastantes
mercancias y obteniendo utilidades.- Mas tarde pensé establecerlo y conseguí
con mis Socios los SRes. Zambrano, que le traspasaramos ntro. Tendajo de
"La Aurora", que estaba bien acreditado y donde podía empezar a
trabajar sentando los cimientos de su futura fortuna. Algún trabajo me costó
arrancarlo de la labor de "La Piedra Parada", en donde tenía
establecida una pequeña fabrica de azúcar y aguardiente en compañía con Don
Luis Elosúa, amigo de ntra. familia.
Lorenzo
tenía mucha predilección por la Industria y la Agricultura y se negaba a entrar
al Comercio; pero yo insistí mucho con mi padre y entre los dos convencimos a
Lorenzo de que tomara el giro que yo tenía, y que nos prometía mejores resultados . Así fue como tomó el negocio de "La
Aurora" en participación con la Casa de Zambrano; Allí conoció a Don
Evaristo Madero que venía de Viaje desde el pueblo de Río Grande, Coahuila, a
comprar mercancias que llevaba a Texas. Simpatizó con Lorenzo, y le dió la
comisión de venderle los algodones que de allá traia, comprandole lo que
necesitaba llevar en sus carretas. únicos muebles de
transporte que entonces se ocupaban del tráfico para los pueblos fronterizos.
Siguiendo
la narración de mis viajes, contaré como en el mes de Enero de 1859 volví a
Zacatecas llevando una ancheta de abarrotes y algo de ropa con valor de unos
cinco mil pesos: la carga me la llevaba el Tren de Don Sixto Ma. García de la
Villa de García. Salí de Monterey a caballo dos días despues del Tren y lo
alcancé en el Rancho de la Encantada que dista seis leguas del Saltillo: ese
punto es muy alto y hace unfrío terrible en el Invierno: recuerdo que en la
noche que alcancé los carros dormí debajo de uno de ellos, y tuve que
levantarme en la madrugada porque tenía el jorongo con que me cobijaba, duro de
hielo, lo mismo que el pelo de mi cabeza; la escarcha blanqueaba en el campo
con la noche friísima; tuve necesidad de irme a la lumbre, que ya tenían
encendida los pobres carreros y tomando café caliente pudimos estar hasta la
hora de partir.
La
jornada siguiente fué hasta el pié de la cuesta que llamaban "Puerto del
Capulin". Allí pasamos la noche habiendo llegado por la tarde muy
temprano. A corta distancia divisamos un campo de carreteros, y nos ocurrió ir
a verlos para tomar noticias del camino, pues en aquella época estaba la
revolución en su fuerza y había frecuentes invasiones de los indios bárbaros;
montamos a caballo Don Sixto García y yo, dirigiendonos al campo de los
carreteros; antes de llegar le ocurrió a mi compañero que era muy güero y
barbón, pasar por americano que no entendía ni hablaba español, siendo yo su
interprete. Llegamos con aquellos pobres a quienes pedí las noticias que
deseaba, mientras Don Sixto se dirigía a mi con murmullos, y diciendo algunas
palabras en el mal inglés que sabía, llamando la atención de los carreteros;
éstos me preguntaron si era "gringo" aquel Señor, - Sí, les dije, y
es como una tapia; no entiende nada ni habla jota de castellano - Así nos
divertimos un rato y nos fuimos riendo.- ¡Quien había de pensar que unos días
despues, allí mismo paraban aquellos carreteros, y al regreso de Don Sixto con
su Tren lo asaltaron los indios en las inmediaciones, dandole un balazo detrás
de la oreja cuya bala le salió por la boca, hiriendo tambien a varios de sus
carreros y llevándole algunas mulas. Los carreteros que regresaban de su viaje
a Monterey , y que estaban acampados cerca de donde fue el asalto de los
salvages fueron los primeros en dar auxilio al Tren de Carros, y tan luego como
llegaron, trataron de cargar con los heridos, para llevarlos al Saltillo que
era el lugar mas inmediato donde había Médicos; fué grande su sorpresa al
encontrarse con que el dueño del tren era el "gringo" que ellos
conocían; pobrecito decían ni entiende, ni habla nuestra lengua: El herido les
contestó que era mexicano, y recordando lo que pasó cuando fuimos de visita con
los carreteros, les dijo que era una chanza la que les contamos, que no era
americano, ni "gringo", sino mexicano, que por favor lo aydaran para
conseguir quien lo curara con sus carreros heridos. Todos fueron conducidos al
Saltillo, y sanaron completamente.
Yo entretanto
había llegado a Zacatecas, pero al segundo día quedó sitiada la Ciudad por
tropas de Gral Miramón Jefe del partido clerical, que sostenía una guerra
terrible contra el Gob. Liberal del Sr. Juárez: me había adelantado del Tren de
Carros desde la Hacienda de Cedros llegando en un solo día a la Hacienda de
"Sierra Hermosa" que administraba un Sr Don Tomas Benavente: éste
caballero me recibió muy bien la noche que llegué pidiendo hospedaje; mandó que
me sirvieran una taza de chocolate bien provista de panecitos y un vaso de
leche, que me cayeron de perlas a las diez de la noche, que llegué cansadisimo
despues de haber andado trinta y seis leguas desde las dos de la mañana que
abandoné el Tren de Carros.
Despues de
un rato de plática con el Sr Benavente, que fué despues uno de mis buenos
amigos, me fui a acostar a la pieza que me destinaron y al amanecer del
siguiente día emprendí mi viaje llegando a Zacatecas por la noche. Muy a la
madrugada antes de salir me trajeron mi desayuno bien surtido y algún
bastimento que el Admor. me mandó preparar con mil saludos de despedida y un
mozo que me sirvió de guía.
Una vez
en la Ciudad de Zacatecas, donde ya tenía algunos conocidos desde el viaje
anterior, me fui a ver al Sr Gobernador que era el Lic Miguel Auza (entonces
todavía no era General) a quien me presenté saludándolo a nombre de Don Jesús
Reyna, que era su intimo amigo y me había hecho aquel encargo, que cumplí mas
por relacionarme con aquel personage y para saber noticias de la revolución que
estaba en toda su fuerza.- El dicho Sr Gobernador me recibió con bondad suma,
pidiendome le informara de las fuerzas con que contaba el Gobernador Vidaurri
(que entonces era el Jefe más notable del ). Me dijo que estabamos amagados por
fuerzas de Miramón, pero que ese mismo día esperaba refuerzos que efectivamente
llegaron al mando del Gral Coronado que fué recibido con repiques.- Desde luego
se mandaron cortar las principales calles con fortines de vigas y morillos
atravesados, todas las que daban el frente a la Villa de Guadalupe; se situaron
dos cañones en el Cerro de La Bufa y se organizó la defensa de la plaza
convenientemente. Yo volví a ver al Gral Auza, ofreciéndole en venta una docena
de pistolas de Colt con su parque correspondiente que había llevado en morrales
ayudado por mi mozo en nuestro viaje a caballo. Dichas armas me las compró el
Gobernador inmediatamente pagandomelas muy bien porque las necesitaba mucho y
le venían muy a tiempo: ya eramos amigos el Sr. Auza y yo, y hablando de la
defensa de la Plaza, me invitó a ayudarles, lo que acepté con mucho gusto,
ofreciéndome con mi mozo y dos fronterizos, que estaban en el mesón detenidos
por el sitio. Todos bien armados fuimos encargados de defender la manzana donde
yo vivía que era de las principales casas de comercio, poniendo a mis ordenes
todos los hombres útiles que había en la manzana, casi todos jovenes
Dependientes que me obedecian sin replicar; eramos por junto como treinta los
voluntarios, y con ellos establecí los retenes que debían cuidar el perímetro
que nos fue encomendado: en las azoteas pusimos unos cuantos sacos de tierra
por el lado por donde esperabamos ser atacados y estuvimos muy vigilantes
durante los cuatro ó cinco días que duró el Sitio.- Los enemigos que eran como
mil doscientos hombres se establecieron en Guadalupe y desde allá haciendo
algunas maniobras y disparando algunas veces sobre la Ciudad creían que nos
rendiriamos porque los defensores no contaban mas de cuatro cientos soldados de
línea que llegaron con el Gral Coronado y unos cien ó doscientos de Estado, más
los vecinos que nos aprestamos para defendernos.
Despues
de que el Jefe de los "mochos" como llamaban a los conservadores o
religioneros, que era un hermano de Gral Miramón, se convenció de que no podía
tomar la Ciudad, se retiró hacia "Ojo Caliente" dejándonos en paz.- A
mí me llamó el Sr. Auza y me dió las gracias por mis servicios; diciendome.
"no esperaba otra cosa de un valiente fronterizo" - eso me llenó de orgullo,
pero para mis adentros veía que era un elogio que no merecía, porque nada hice.
Desde
antes del Sitio y durante él, se quería levantar el populacho, que era mucho,
al grito de "viva el hacha" - querian con ésto decir que se les
permitiera romper las puertas con hachas y comenzar "el saqueo".- Por
supuesto que las autoridades redoblaban la vigilancia, dándonos ordenes de
disparar sobre cualquier grupo ó individuo que tratara de romper puertas:
viendo los "pelados" que corrian peligro de muerte si atacaban las
casas comerciales, se contentaban con gritar "viva la hacha"
"viva Zacatecas" y "mueran los mochos".-
Con la
retirada de Miramón se restableció el orden en la Ciudad, y yo pude salir
brincando las trincheras de la calle, que aún quedaban, y me fui a caballo
corriendo con mi mozo hacia "Sierra Hermosa" donde suponía estarian
los carros que traían mi carga , pero a poco andar en un Rancho que se llamaba
"el Bardo", me dijeron que habian sabido que unos carros que venían
de Monterey se habian devuelto, dejando la carga en la Hacienda de Casa blanca:
inmediatamente me dirigí allí encontrando efectivamente mis mercancias en aquel
lugar, lo que me contrarió muchisimo, pero sin pérdida de momento busqué
Carretas a Flete y cargué todo llevándomelo a Zacatecas tan de prisa como me
fue posible, pues temía la vuelta de los mochos que me decían andaban cerca:
Casa blanca distaba ocho leguas de la Ciudad y por lo mismo pronto llegamos
allá.-
El
fletero Don Sixto Ma. García que me había traído la carga de Monterey la
descargó en aquel Rancho por miedo de caer en manos de los mochos, y corriendo
se volvió para caer en la de los indios bárbaros, que por poco lo matan en el
Capulin, cerca del Saltillo.
Llegando
con mis mercancias a Zacatecas las vendí sin mucho esfuerzo, escaseaban y eran
artículos que tenían demanda; obtuve buena utilidad y reuní unos cinco ó seis
mil pesos que puse en una conducta que despachaba el Comercio para San Luis
Potosí en un Tren de Carros que acababa de llegar de Monterey, cuyo dueño era
Don Jesús Reyna. Con dicho tren me reuní haciendo el viaje para San Luis y
llevándolo ya contratado para que levantara mis efectos efectos conduciendolos
hasta Monterey.
Me
acompañé con Reyna nomas en la primera jornada pasando por el mismo lugar en
donde me asaltaron los ladrones el año anterior: contándoles a mis compañeros
de viaje ésta aventura y temerosos de ser atacados por otra gabilla que por
entonces abundaban; resolvimos adelantarnos unos cuatro hombres para examinar
el camino, al menos hasta las Boquillas ó un poco mas adelante donde yo fui
asaltado; efectivamente fuimos Don Juan V. Guerra con su mozo y yo con el mío.
Este Sr. Guerra era el actual General que aún vivía en México, fué mi compañero
de colegio y eramos muy amigos.
Desempeñamos
nuestra exploración sin encontrar nada notable, y nos echamos al suelo
acostados esperando la llegada de los Carros de Reyna: tan luego que nos
alcanzaron volvimos a ocupar nuestros asientos en una ambulancia de Don Jesús
que siempre llevaba en sus viajes: venía con nosotros un Señor, Don Antonio
Armida, en cuya casa me alojé en Zacatecas: éste caballero era un español que
había estado radicado en Monterey con su hermano Don Ildefonso Armida que se
había trasladado al comercio de San Luis ; Don Antonio, Juan Guerra, Don Jesús
Reyna y yo ibamos en la ambulancia contando historias y muy confiados cuando
oímos unos tiros que nuestros mozos disparaban para anunciarnos la presencia de
los bandidos, pues antes Guerra y yo los mandamos de exploradores con orden de
disparar dos tiros si veían algo de peligro. En el momento que oímos los tiros
nos bajamos con nuestras carabinas en mano y corriendo hacia donde nos
indicaban los mozos nos juntamos con otros del Tren que se detuvo y en unos
cuántos minutos cercamos a la banda de malhechores, que sorprendidos no se
movieron de donde estaban entre el palmar. Don Jesús Reyna los maltrató
amenazándolos con fusilarlos a todos si se movían al pasar su Tren. Aquellos
pobres diablos estaban temblando y se quedaron quietos hasta que ya lejos
nosotros les enviamos unos cuantos balazos que los hicieron dispersarse.
Despues de dormir ese día en el Tren, me despedí de mis amigos y ne adelanté
con mi mozo, a caballo, Yéndome derecho a San Luis Potosí, donde hice mis
compras como el año anterior y preparando la carga para la llegada de Reyna,
quien tres dias despues estaba en aquella Ciudad: descansó allí dos días mas y
recibió mi carga que consistía en azúcar, café, arróz, manteca,cacao, tabaco y
muchisimas baratijas de la manufacturera potosina y de Leon, que compré con la
mayor diligencia, conociendo ya aquel mercado.
Salimos
de San Luis el Sr. Reyna y yo con el Tren de Carros y e su ambulancia tomaron
pasage con él dos comerciantes españoles (de esta nacionalidad eran casi todos
los negociantes de Zacatecas y San Luis, Real de Catorce y Guanajuato) se
llamaban uno Vargas y el otro Chavarría, éste se hizo muy amigo mío .- En la
primera jornada que llegamos a la Hacienda de Bocas, nos cayó una tormenta de
agua terrible con descargas eléctricas continuas, al grado que en el Mesón
donde nos hospedábamos, cayeron cuatro rayos y siete en el Templo que estaba
inmediato; uno de estos rayos dividió la puerta de la Iglesita de arriba a
abajo, dejándola inservible.
Nosotros
ocupabamos dos cuartos techados de bóveda en el Mesón, uno tenían los españoles
y el otro el Sr. Reyna y yo: en el de aquellos estabamos reunidos jugando al
"Mus", un juego de cartas netamente español; cuando se nos vino la
tormenta con furia; a cada trueno, que eran terribles, el peninsular Vargas
soltaba terribles blasfemias, lo que me obligó a abandonar aquel lugar, yéndome
a ntro. cuarto, pues no podía sufrir la compañía de
aquel hombre tan mal hablado.- Pasado el furor de la tempestad nos fuimos a ver
los estragos del agua, que arrastró viviendas y laboríos dejando aquello en
ruinas; los rayos tambien cusaron muchos daños.
Temprano
al día siguiente seguimos ntro. viaje, llegando a
Monterey unos días despues sin ninguna novedad: una semana mas tarde recibiamos
las mercancias que yo había comprado.
Aqui se pierde una parte de las notas de Don Jesús ....
Continúa mas adelante en la siguiente forma:
....días
mas tarde terminamos nuestros negocios en Nueva Orleans, y regresamos en el
mismo Vapor "Arizona" que nos había llevado desde Brazo Santiago, a
donde desembarcamos felizmente a los tres días de viaje. Seguimos a Matamoros
en donde nos esperaba el Coche de Don Juan J Villarreal que nos condujo hasta
Monterey. Unos dias despues de nuestra llegada nos comunicaron los Srs.
Burchard y Cía., que eran nuestros corresponsales en Matamoros, que habían
recibido las mercancias de Nueva Orleans, pero que una parte de la ropa había
sido averiada en un alijador que se llenó de agua de mar al atravesar la Barca,
que lo averiado era bastante y que desaban se les dieran instrucciones sobre lo
que deberían hacer.
Esa
noticia nos asustó mucho, por la fuerte pérdida que podía ocasionarnos, y desde
luego resolvimos que yo fuera a Matamoros a ver lo que convenía hacer: tomé
pasage en una pequeña Diligencia que hacía viajes para aquel Puerto, y a mi
llegada me ocupé inmediatamente de remediar en lo posible la avería en ntras.
mercancias que estaban mojadas completamente: desempaqué las cajas de lienzos
blancos, de ( ), de Indianas y demás géneros con ayuda de tres ó cuatro cargadores
y en Carretones nos trasladabamos al llano de la Laguna donde extendíamos los
lienzos al sol para que se secaran, repitiendo esa operación por varios días,
porque los géneros eran muchos y el agua de mar muy rebelde para secarse: en el
dia parecía que quedaban enteramente secos, pero en la noche volvían a
humdecerse con la sal que contiene aquella agua, y así batallé diez ó doce días
hasta que pude empacar mis géneros, doblando y arreglando las piezas en sus
cajas lo mejor que pude y remitirlas a ntra. Casa en Monterey.
Fue
aquella una faéna terrible que me costó cambiar la piel de la cara y brazos,
quemados por el ardiente sol de aquella tierra costeña que parece un fuego. Por
un milagro me libré de coger una fiebre que en la costa mata a tanta gente.
Terminada
mi tarea me ocupé unos días en despachar con los fleteros que conseguía, el
resto de los efectos comprados en Nueva Orleans que iban llegando y una partida
de sacos de café que compré a Don Francisco Armendariz, la que nos dió una
buena utilidad, que nos sirvió para reponer lo que perdimos por la avería de
géneros en el alijadero.- Concluidos mis trabajos en el Puerto, regrsé a
Monterey en la misma pequeña Diligencia.-
De vuelta
a mi casa seguí trabajando con la mayor actividad en los negocios de la Casa.
En ese año de 1859 tuvimos una bonita Feria, muy concurrida en la que
realizamos con regulares utilidades gran parte de lo que trajimos de Nueva
Orleans, aunque tuvimos pocas mercancias del país porque el viaje a San Luis lo
hizo mi socio Don Emilio, quien no pudo conseguir muchas de las cosas que
necesitaba nuestro comercio .
Para
salir por completo de las mercancias viejas y del "mulerio" que
recibimos de la antigua Casa de Don Gregorio Zambrano, resolvimos establecer
una tienda en Monclova, que fue atendida por Victorino Castro, que era ntro. tenedor de libros y mi antiguo compañero de escuela: en esa
tienda que tuvimos por cerca de dos años, hicimos buenas realizaciones, que nos
liberaron de tantas mercancias viejas que recibimos en el traspaso.
En el Invierno de 59 al 60 me ocupé como de costumbre en las
compras de piloncillo que nos daban tan buenas utilidades. Seguí mis correrías
por las Haciendas y Ranchos de Villa de Santiago, Allende, Cadereyta y
Montemorelos comprando piloncillo, cueros, sal y cuanto encontraba en que
pudieramos ganar algo. Las ventas de ntra. casa
aumentaron considerablemente con el buen surtido que trajimos y empezamos a
hacer algunas ventas al por mayor que yo tenía ya empezadas desde el
establecimiento de "La Aurora".
Llegó el
año de 1860 y las revoluciones siguieron mas tremendas, pues ya no era
solamente la guerra llamada de tres años motivada por la expedición de la
Constitución de 1857, sostenida por el partido liberal contra los conservadores
ó clericales, que proclamaban "religión y fueros"; fué una guerra
encarnizada y muy funesta para ntro. país, tomando una parte muy activa los
pueblos fronterizos que contaban con jefes valientes y soldados que se
distinguieron en todos los combates contra tropas de línea, pues el Ejército
casi todo era del partido conservador que tambien contaban con Generales
hábiles y valientes como Miramón, Mejía, Osollo y muchos otros, contando además
con el dinero del clero que era inagotable: por una parte éstos que tenían a su
favor lo antes dicho y el fanatismo e ignorancia de ntro.pueblo bajo; por otra
los liberales que tenían hombres tan eminentes como Juárez, Lerdo de Tejada,
Degollado y muchos otros, contando con jefes distinguidos y valientes como
Zaragoza, González Ortega, Corona y tantos más, que por fin alcanzaron el
triunfo mas completo.
Decía yo
que ademas de esa tremenda guerra, teníamos nosotros, la intestina, dentro de
nuestro mismo estado de Nuevo Leon y Coahuila, cuyo Gobernador Don Santiago
Vidaurri, de famoso liberal defensor del Gobierno légitimo (el de Comonfort),
se volvío un déspota insufrible traicionando al Gobierno del Centro, por lo que
se le voltearon muchos de sus servidores, declarándose en rebelión hasta el
mismo Congreso del Estado lo que ocasionó un desorden absoluto, al grado de no
saber nosotros que hacer para conservar siquiera ntro. crédito,
pues el Comercio estaba por los suelos, nadie pagaba sus deudas, todas eran
persecusiones y ntra. casa se estaba resintiendo con
tantas pérdidas, más cuando el Gobernador tenía a los Sres. Zambrano, por
enemigos.
A pesar
de esta triste situación, yo emprendí otro viaje a San Luis Potosí llevando
algunos fondos para comprar los Efectos acostumbrados para vender en la Feria
de Septiembre (de 1860), que se acercaba: mi viaje lo hice a caballo, visitando
las Ciudades de Matehuala, Catorce, que no conocía, en donde hice algunas
ventas de mercancias que pedí a Monterey inmediatamente y que mis socios
pudieron remitirme en un Tren de Carros que las entregó en Matehuala y siguió
para San Luis a cargar lo que yo tenía comprado.- Antes había despachado unas
carretas cargadas de azúcar que compré muy barata, a seis meses de plazo a una
casa francesa que se llamaba Chabot Hnos.- eran doscientos tercios de a ocho
arrobas, que dilataron cuarenta días para llegar, pero con tan buena fortuna,
que no había en Monterey, ni en Saltillo ni un solo tercio y vendí aquella a un
peso mas la arroba de lo que regularmente valía, obteniendo una ganancia
considerable; lo mismo me sucedió con casi todas las mercancias que traje;
porque llegué con ellas en un tiempo calamitoso, que nadie salía de su casa, ni
pensaba en hacer negocios por la revolución que estaba en su fuerza.
Nosotros
mismos estabamos perseguidos: me encontré al llegar a Monterey, a fines de
Agosto que ntra. Casa de Comercio estaba cerrada por órden del Gobernador
Vidaurri, las puertas selladas y mis socios, como tambien Don Gregorio
Zambrano, y su yerno Don Juan Clausen, todos habian salido desterrados del
Estado, yéndose para Tamaulipas, que estaba fuera de la jurisdicción de
Vidaurri.
¡Cual
sería mi sorpresa al encontrarme tantas novedades, y tan terrible golpe para
nuestro giro de Comercio, que apenas iba tomando crédito y formando un corto capital ! - Pues no me desanimé un solo momento, apenas
llegué del viaje, saludé efusivamente a mi querido padre y a mis hermanos y dos
horas despues, iba caminando en una mula que conseguí prestada por el rumbo que
sabía llevaban los desterrados , a quienes afortunadamente
alcancé en Cadereyta, en la noche del día que salí de mi casa; ellos se habían
detenido allí dos días para preparar su viaje, pues habían salido violentamente
por una órden ( ) del tirano Vidaurri.
Allí
conferencié con mis socios a quienes hallé completamente desmoralizados, al
grado de que Don Eduardo creía completa ntra. ruina,
manifestandome sus temores de que quebrara ntra. Casa de Comercio.- Yo le quité
tan tristes augurios, asegurandole que sacaría avante los negocios que
teniamos, pagando puntualmente a todos, pero desaba me dieran facultades
amplias para hacer lo que conviniera mas a los
intereses de la Compañía. Los dos hermanos Zambrano, me concediero lo que yo
les pedí, y desde luego resolví volverme sin la menor dilación para atender a
la casa que estaba en tan triste situación: ellos se fueron muy consolados con
mis própositos de trabajar sin descanso y cuidar, no solo de los intereses sino
de sus familias que quedaron abandonadas.
El Sr Don
Gregorio me hizo el encargo de cuidar tambien su familia y su casa, donde
nosotros teníamos el almacén; cosa que hice con el mayor gusto, pues ya para
entonces me preocupaba mucho mi vecinita Rosita Z. a quien quería, aunque sin
resolverme a nada. Ya hacia tres años desde que estaba en la Casa del Sr.
Clausen, que me llamaban la atención las dos hermanas, Rosita y Teresita Z.,
pero nunca me animaba a emprender algo formal, pensaba que la situación de mi
familia me obligaba a darle todo el producto de mi trabajo, y cuando ya gané
algo mas, que me iba sobrando algún dinero, me venía la consideración de que en
ningún caso me podría casar antes de tener veinticinco ó veintiseis años, ni
tampoco antes de tener asegurado lo necesario para mi familia y para atender a
los nuevos gastos que necesariamente tendría al tomar estado.
Otra
consideración me detenía mas, y era pensar que la gente creyera que yo me
interesaba a una jóven de familia rica, mientras que yo era pobre, esa idea me
detuvo mucho, cuando pensaba seriamente en casarme; pero dicen vulgarmente que
"suerte y mortaja del cielo baja" y así se fueron poniendo las cosas
de modo, que el destierro de mis socios y del Sr Don Gregorio, me pusieron en
condiciones de tratar mas intimamente a Rosita en su propia casa, pues la
Señora, su mamá me instaba que fuera todos los días y en las noches, a darle
razón de lo que pasaba y de lo que yo conseguía con el Gobernador.
Con
aquella autorización y la que tenía de Don Gregorio, mis visitas se repitieron
todas las noches a la casa, hallando siempre la misma cordial acogida tanto de
la mamá como de la hija.
Es de
advertir que ellas estaban solas, pues los Sres. se hallaban desterrados, los
muchachos estaban en los colegios y la otra señorita de la casa, Teresita, se
iba todas las noches a dormir a casa de su hermana Elena, que estaba tambien
sola porque su marido el Sr Clausen tambien había sido desterrado: Largos ratos
nos pasabamos platicando.-
Con mis
frecuentes visitas y las muestras de simpatía que recibía, muy especialmente de
Rosita, que venía a encontrarme, tan luego que sentía mi llegada,y que me
acompañaba hasta la escalera al despedirme, siempre con la misma amabilidad;
instándome a que volviera al siguiente día y dándome mil muestras de su afecto
hacia mí; eso me fue cautivando al grado de pensar seriamente en ella, y
declararle mi amor, pues ya no podía ni disimularlo, conociendo que era
correspondido. En esos días decidí de mi suerte, y solo esperaba la ocasión de
poderme declarar; pero antes resolví aplazarlo hasta ganar algún dinero mas,
para tener con que sostener a mi amado padre con mis hermanos y que me sobrara
para atender a mi nuevo estado; por supuesto que esa fecha la veía todavía muy
lejana, atendidas las terribles circunstancias póliticas por las que atravesaba
el país, que no nos permitian trabajar como yo tanto anhelaba. Esperaré; esa
fué mi resolución.
A pesar
de mis ensueños dorados, no perdí de vista mis obligaciones, ni abandoné mis
trabajos ni un solo momento, y desde que regresé de conferenciar con mis socios
en el camino de su destierro, me empeñé con mi buen padre para que me
acompañara a ver al Gobernador Vidaurri, suplicándole ambos me permitiera abrir
las puertas de nuestra Casa de Comercio que permanecian cerradas y lacradas por
su órden. Mi padre era amigo de colegio de dicho Gobernador, quien lo
consideraba mucho hablandose de tú, pero era aquel bastante rencoroso y no
quería a Don Gregorio, asegurando que era su enemigo y por eso se negaba a
perdonar.-
Varias
veces volvimos al Gobierno con las mismas demandas, y al fin después de explicarle
yo, la grandisima necesidad que tenía de trabajar para atender a mi Sr padre y
a ntra. numerosa familia, conseguí que me permitiera
abrir mi Comercio, dando órden a un empleado suyo de quitar los sellos, y
previniéndome de que lo hacia por las consideraciones que tenía hacia mi padre,
y a este le dijo, - "permito que se abra el almacén de los Zambranos, por
tu hijo, porque me dá lástima que no pueda trabajar cuando tiene tanto
empeño..."
Así fué
que lleno de júbilo, empecé de nuevo en mi Casa de Comercio a trabajar,
recibiendo al siguiente día de haber abierto, las mercancias que traía yo de
San Luis que venían en el Tren de Carros de Don Juan Reyna.
Con tan
buen surtido nuevo nuevo y bastantes existencias que aún teniamos en almacén,
obtuve un éxito completo en los días de la Feria que siguieron; vendí mucho y a
buenos precios, logrando arreglar con el Gobernador, a quien yo visitaba con
frecuencia, que levantara el destierro de los Srs. Don Gregorio y sus hijos,
así como el del Sr. Clausen, reduciendo el préstamo de cinco mil pesos que
exigía, por lo que los desterró a trscientos por los Zambrano y quinientos por
el Sr Clausen, que le pagamos inmediatamente.
Mandamos
con un correo expreso las ordenes del Gobernador para
que pudieran regresar los desterrados, quienes naturalmente la acataron muy
contentos volviendo a sus casas sin la menor tardanza.
Yo
entretanto alisté una buena ancheta de unos ocho mil pesos para llevarla a
Chihuahua, donde sabía que escaceaban mucho algunas mercancias. Cargué los carros
de Don Sixto Ma. García y me preparé a salir tan luego como llegaran mis socios
y terminara la Feria.
A la
llegada de dichos Srs. me dieron las gracias por el empeño con que conseguí que
volvieran del destierro, lo que había hecho ya muy efusivamente la Sra. de Don
Gregorio y su hija; a mis socios los enteré de los negocios que había hecho,
dejándoles en caja en dinero efectivo seis mil y pico de pesos, pagados todos
ntros compromisos.
Ellos
estaban muy contentos de mis operaciones y me dejaron partir a mi viaje al
Parral y a Chihuahua, que era en aquella época tan difícil como ahora ...Sería como ir al centro de Africa...!
Salí de
Monterey el 17 de Septiembre de 1860 en una ambulancia nueva que compré a un
americano que las fabricaba aqui mismo: me acompañaba Don Federico Stattfordh,
Dependiente de la Casa de Clausen que iba con el propósito de establecerse en
el Parral por cuenta de la misma Casa, nos acompañaba tambien Don Sixto Ma.
Garcia, dueño de los carros que llevaban mi carga, y que habían salido tres
días antes.
Al
despedirme de Rosita me convencí que me quería, porque se le rodaron las
lágrimas al tiempo de darle la mano para decirle adios: ella procuraba ocultar
su emoción, pues ésta era tan patente que yo tambien la sentí como nunca me
había sucedido: entonces fue cuando ya quedó hecho nuestro pacto tácitamente:
ella me quería y yo tambien a ella, pero había que esperar......
Mi viaje
al Parral estuvo lleno de aventuras como lo referiré enseguida: era el tiempo
de lluvias que nos cogieron tremendas en el camino; llegamos a la Ciudad de
Parras hospedándonos en un mesón muy sucio, único Hotel que entonces había;
allí tuvimos que permanecer tres ó cuatro días hasta que llegaron los carros
para continuar ntro. viaje: visité a Don Francisco
Bernardino de la Peña, en la Hda. del Rosario. Aquel
Señor era el Administrador de la dicha Hda y su gran Fabrica de Mantas,
propiedad que diez años despues sería adquirida por mi hermano Lorenzo, para su
Casa Comercial llamada, Madero y Cía., operación que fue el cimiento de la gran
fortuna que ahora (cincuenta años depues) poseén los herederos de Don Evaristo
Madero, socio y padre pólitico de mi hermano. En aquel tiempo Don Francisco de
la Peña era un potentado y a él me dirigí ofreciéndole en venta
algunas de mis mercancias, sin conseguir que me comprara algo.
Continuamos
adelante, y llegamos dos días depues a la Hacienda de los Hornos, propiedad del
rico hacendado Don Leonardo Zuloaga, allí nos detuvimos una semana porque los
carros venían muy despacio con motivo de las frecuentes lluvias y lo crecido de
los ríos Aguanaval y Nazas que teníamos que cruzar. En los Hornos vendí al Sr.
Zuloaga todas las mercancias de ropa que llevaba, que eran como tres mil pesos,
cambiandólas por trigo que me entregaría Don Leonardo a mi regreso de Chihuahua
a razón de cinco pesos la carga de catorce arrobas.
Durante
los días que pasamos en la Hacienda fuimos bien atendidos en la Casa Grande por
la Señora Luisa Ybarra, esposa del Señor Zuloaga: hubo la circunstancia que el
SR Stattforth, mi compañero de viaje, era Dependiente de la Casa Clausen y Cía
la cual estaba en negocios activos con el dueño de la Hacienda y lo
habilitaban. Como yo había sido tambien Dependiente de la misma Casa, allí me
había conocido el Sr Zuloaga, comiendo en nuestra mesa varias veces, de modo
que al llegar a su casa nos atendieron muy bien, tanto mas cuanto que eran
gentes muy ricas y hospitalarias que vivían en sus enormes haciendas como
principes.
El
establo de Don Leonardo no tenía menos de veinte magnificos caballos y otras
tantas mulas de tiro para sus coches. El número de sus sirvientes y medieros se
contaba por miles, pues era dueño de casi toda la Laguna, la Hacienda de los
Hornos y San Lorenzo de Parras.
Pero
aquel hombre tan rico no tenía crédito, porque no llevaba cuentas, ni tenía
órden en sus negocios: el Sr Clausen lo explotó como quiso, dándole crédito y
recibiendo los productos de sus inumerables ranchos; ganó mucho dinero, pero
tambien le hizo mucho bien a Don Leonardo, que estaba en manos de especuladores
sin conciencia.
Allí
presencié un hecho que me impresionó: un día llegó un pobre hombre jornalero a
darle cuenta al amo de alguna cosa que lo enfureció, y sin dejar que el infelíz
se explicara, Don Leonardo que era un español de fuerzas hercúleas y que
acababa de bajarse del caballo con chaparreras de cuero y grandes espuelas se
le fué encima dándole una patada en el estómago tan fuerte que el peón cayó
rodando en el suelo y caído casi desmayado, iba a sufrir nuevos golpes, cuando
yo intervine conteniendo a Don Leonardo con palabras algo duras, pues le dije,
que eso no hacian los hombres caballerosos, como él era, sino los caciques sin
conciencia y sin valor.- En el momento se contuvo, porque sin duda le dió
vergüenza de que un jóven como yo era, abogara por aquel desgraciado sirviente.
El hecho fué en presencia de una porción de Dependientes y otros que temblaban
ante aquel sultán, Sr Zuloaga. Todos ellos me veían asombrados, y no podían
comprender como me atrevía a contrariar lo que su amo hacía, y mas extrañaban que éste me atendiera, mandando que se fuera
el mozo maltratado inmediatamente y que se le diera en la tienda una buena
ración de provisiones.
Despues
que se calmó por completo Don Leonardo me dió las gracias por lo que yo hice
"librándome"- me dijo -" de matar a aquel pastor; pues yo no veo
cuando me enojo..." Era un buen hombre aquel señor, pero muy orgulloso,
como todos los españoles y como poseía tantos terrenos poblados por indios
medio civilizados, los trataba como un verdadero sultán.
Por fin
partimos de la Hda. de los Hornos el día 1o. de Octubre y atravesamos el Río
llamado Buenaval ó Avanabal en un rancho del mismo Sr Zuloaga, llamado
"las Mieleras"; el Río llevaba mucha agua y tuvimos que contratar
gente que nos ayudara a cruzarlo llegando por la noche al Rancho del Torreón,
que constaba de una sola casa donde habitaba un Español, Dependiente de
Zuloaga, que se llamaba Carral (ó Corral ?); había ademas unos cuantos jacales
miserables con algunos peones, puros indios de calzón blanco y guarache con
sombrero "huichol", ese era su vestido completo.- El Torreón es ahora
una Ciudad rica de mas de 30,000 habitantes, y el centro de comercio algodonero
mas importante del país.
En la
época que yo lo conocí (Octubre de 1860) se acababa de fundar, tenía unos dos
años y era mas bien un puesto para vigilar la gran
Presa del Coyote de donde se riegan los terrenos del lado derecho del Río Nazas
de la boca de Calabazas para abajo. En aquella vez acababa de pasar una gran
corriente en dicho Río que destruyó la gran Presa y derribó sus magnificas
compuertas construidas de mamposterias y de un gran costo; la mamposteria de
todo ello calculaba Don Leonardo que no le costaria menos de cincuenta mil
pesos.
El Río lo
pasamos en un chalán y fuimos a hospedarnos en la Hda de Santa Rosa en el
Estado de Durango, propiedad de Don Juan Ignacio Jimenez. Allí pasamos de largo
en medio de un crecido número de gente, había en la plaza mas de doscientos
pelados con sus sombrerones de petate y vestidos de calzón y camisa de manta:
unos jugaban a la pelota, otros a la ( ), otros medio chispas, cantaban, porque
aquel día era Domingo y se reunian en la plaza de la hacienda que era muy
espaciosa.
A mí todo
me parecia grandioso y aquella Hacienda la juzgaba una posesión señorial, como
efectivamente era... Y quien me había de decir que veinte años despues había de
ser mía con sus pertenencias, río abajo hasta los confines de Sacramento, con
mas ocho leguas cuadradas al otro lado del Río, en las tierras más ricas de Zuloaga !! Esa propiedad que adquirí en 1878, con mis
hermanos, Mariano y José vale hoy no menos de veinte millones de pesos, y la
perdimos por seiscientos mil, por solo nuestro sentido de pundonor y delicadeza
y por la perfídia de algunos pícaros, como referiré mas adelante. El gachupin
Don Santiago Lavín fué el principal....
En el
viaje de 1860, salí de Santa Rosa con los carros que llevaban mi carga que eran
ocho, junto con veinticinco mas que se nos fueron uniendo en el camino, todos
cargados de piloncillo que se dirigian al Estado de Chihuahua; entre ellos iba
Don Marcelino Garza llevando solamente tres carros que eran de sus hermanos con
unas cincuenta cargas de dulce, que valdrían a su salida de Monterey, como
cuatrocientos pesos; ese era el capital del que ahora es banquero del Saltillo
y rico capitalista.
El y yo
somos los únicos supervivientes de aquella expedición, cuyos jefes eramos
nosotros, Don Federico Stattforth (mi buen amigo fallecido el año pasado) Don
Sixto Ma. Garcia, Don Jesús Villarreal, Don Santos Caballero y el Sr. Gutierrez
del Pueblito, todos fuimos hechos prisioneros por una partida de
"Tulises" mandados por un Español que se llamaba Endara, cuyo segundo
era un tal Nuño, gachupin tambien, todos los cuales merodeaban por los Estados
de Durango y Chihuahua, a las ordenes de un tal Cajen, general de nacionalidad
española que proclamaba "Religión y Fueros" que era la bandera del
partido reaccionario, enemigos de los liberales que defendían la Constitución
de 1857.- Aquel funesto partido contaba con las riquezas del clero que no
queria perder sus privilegios antiguos y con el ejército de línea que tenía
valientes y aguerridos Jefes como el Gral Miramón, Mejía, Marquez (el asesino de
Tacubaya), Osollo y muchos otros, que sostuvieron terrible guerra por tres años
al fin de los cuales fueron vencidos por el Presidente Juárez y sus valientes
Generales González Ortega, Zaragoza, Degollado, Corona y muchos otros.-
Decía yo
que fuimos hechos prisioneros en un cañón de cerros que hay a la entrada de
Mapimí: allí nos asaltaron como cien hombres, parte de la fuerza del Jefe
Endara que mandaba como cuatrocientos bandidos llamados "Tulises" por
ser la mayor parte de una Rancheria nombrada "el Tule" en el Estado
de Durango.
Una vez
que iban llegando los carros al Cañón de Vinagrillo eran desarmados los
carreros y como el convoy era bastante largo y angosto el camino nadie se puede
escapar.- Mi amigo Stattforth, Don Sixto y yo veniamos a retaguardia del Tren y
fuimos los últimos que entregamos nuestras armas; seguimos así desarmados hasta
un Rancho que había a la salida del puerto y allí acampamos con el Convoy,
mientras los bandidos se ocupaban de registrar los carros buscando armas y
cosas de valor; pero solo encontraron piloncillo y mercancias pesadas y de poco
valor que yo llevaba, fierro, acero, hojas de lata, azúcar, barriles de
aguardiente, todo en bultos pesados que no se podian llevar.
Allí
presencié horrorizado como mataron a un pobre transeunte que llevaba un fusil
viejo para su defensa en el camino que seguía: tan luego como lo vieron los
bandidos le marcaron el "alto" pero aquel, temeroso de ellos, corrió
en su caballo pensando quizas salvarse, lo que no sucedió, porque lo siguieron
tirandole tiros, uno de los cuales alcanzó a herir al caballo, que calló al
suelo, luego llegaron sobre el ginete que inerme cayó a su vez acribillado de
balas, luego lo lanzaron por mitad del cuerpo, y lo llevaron arrastrando como
si fuera un perro rabioso. Era aquella una gabilla de malhechores de la peor
especie, llevando sus jefes sobrenombres como "el Güitlacoche",
"pájaro azul", "el tuerto" y otros, todos célebres en los
anales del robo y el asesinato que eran su principal ocupación.
Los
bandidos me llevaron rodeado de cinco ó seis hasta Mapimí adonde fuí en
comision nombrado por los carreros para arreglar con el Jefe: llegué a la
presencia de aquel Sr. lleno de temor, porque había visto lo que eran sus
subordinados, que andaban por el Pueblo borrachos, gritando como salvages
tirando tiros y forzando puertas para robar y saquear las casas.
Pero al
presentarme al dicho jefe, quedé sorprendido de ver que era un jóven como de 28
ó 30 años, muy bien presentado: acababa de bañarse y se estaba abrochando en
los puños unas mancuernillas de oro; luego que me vió saludándome cortesmente,
me preguntó de donde veníamos, y como le dijera que de Monterey, se interesó
más porque me dijo que él había sido Dependiente de un Sr Don Juan Garza
Martinez (fué el padre de Don Isaac Garza, mi buen amigo).
Ya con
esa noticia pude informarle que era hijo del Señor González Prieto, amigo y
vecino del Sr. Garza Martinez, que en la Casa Comercial de éste Sr habían
matado a un hermano mío, un Español llamado Pelaez: con tales pormenores me
creyó y desde luego se mostró amigable y deferente conmigo: entramos en seguida
a tratar el rescate que tendriamos que pagar por cada carro de ntro. Convoy,
logrando por fin redujera la cuota a doce pesos por mueble, por tanto
cuatrocientos pesos en vez de mil pesos que pretendía: nos permitió un fusil
por cada Tren, y a mí personalmente me dejó mi carabina y dos pistolas de Colt
que dije eran mías.
Nos dió
un recibo con el encabezado de Ejército de Occidente- Brigada Cajén, en cuyo
documento decía pagar al triunfar la causa (como hacía el traidor Orozco en
Chihuahua a los cincuenta y dos años). Mandó darme un pasaporte constando en el
mismo, el nombre de los Jefes del Convoy y el número de viajeros que sumabamos,
(como cincuenta individuos).
Terminada
aquella peligrosa aventura proseguimos ntro viaje mas que de prisa, abandonando
el pueblo de Mapimí en la noche del día que habíamos llegado y sin descansar
anduvimos hasta el amanecer que llegamos al Jaralito: allí repartí dos docenas
de pistolas Colt, de seis tiros, con su carga y parque para defendernos en el
desierto en caso de ser atacados, por los indios bárbaros que entonces
merodeaban por aquellos terrenos y los de Chihuahua, con mucha frecuencia.- Por
fortuna llegamos sin novedad a Guajuquilla (ahora Ciudad Jimenez) en cinco días
de marcha: éste pueblo es el primero del Estado de Chihuahua y desde allí
empecé a hacer mis ventas obteniendo buenos precios que me dejaban utilidades
satisfactorias...Las pistolas las llevaba yo escondidas dentro de un saco de
pimienta...
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1863.- A
fines de Noviembre, hice un viaje a la frontera de Coahuila, en cuyos pueblos
teniamos muchos amigos, comerciantes que nos compraban mercancias y que nos
debían fuertes cantidades: llevé en mi carretela unos cinco mil pesos en oro
para comprar algodón en Texas, yéndome por la vía de Lampazos y Villaldama,
donde cobré y recogí dos mil pesos mas de ntros deudores, llegando a la Villa
de Río Grande (hoy Guerrero) de Coah. Allí vivía Don Evaristo Madero, con quien
teniamos íntimas relaciones comerciales y una Compañía para comprar algodón en
Texas. Dicho amigo me recibió muy bien en su casa donde estuve dos dias , luego
me acompañó hasta Piedras Negras hospedándonos en su oficina a cuyo frente
estaba su Dependiente y socio Don Carlos Griensembeck: la tal oficina era un
jacal grande con una buena chimenea que encendian diariamente por el fuerte
frío que en aquel tiempo habia; en ese jacal, como en otros semejantes se
hacian negocios por cientos de miles de pesos en transacciones de algodón y
mercancias que venian de Monterey y Saltillo con destino a Texas.- Era curioso
ver la multitud de negociantes que andaban por la pequeña villa que no hablaban
mas que de algodón , "cotton" y mas "cotton". Todo el dia
se veían carretas cargadas y cargando en los corrales atestados de pacas de
algodón. Carros y carretas que iban y venian; era un trajin sin cesar de día y
de noche. En la oficina de Sr Griesembeck se reunian en la noche los amigos a charlar
alrededor de la lumbre, fumaban en una gran pipa que pasaba de boca en boca, un
rato cada uno, hablaban de los negocios del día, tanto los dueños Griesembeck y
Don Evaristo Madero, como los visitantes.- A mí me fue fácil comprar unos 800
quintales de algodón, a once pesos el quintal, por conducto de dichos Sres y
luego fletearlos hasta el puerto de Matamoros donde debían ser embarcados para
New York: éste algodón con un poco más que pude comprar despues de recorrer las
Villas de San Fernando, Nava, Pellotes, (cobrando y recogiendo dinero) se
vendió a 48 y 50 centavos, dejándonos una enorme ganancia de mas de doscientos
por ciento .- Despues de visitar a ntros deudores y ver por mis propios ojos lo
que tenian y lo que podia sacarse de aquellos pueblos, me volví a mi casa
trayendo en la cartera muchos pedidos de mercancias y aumentando las ya
existentes relaciones comerciales de la Casa de Zambrano, a la que
pertenecia....
Esta es la parte de
las memorias de Don Jesús González Treviño,
conservadas por su nieto Don Jesús Francisco González Garza